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MEMORIAS PINTADAS A la obra de Clara Gangutia, al igual que a la del grupo de exalumnos de Antonio López en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, del que siendo estudiante formaba parte, quien ha establecido las líneas de acercamiento más certeras ha sido Javier Mazorra. Es él quien, conociéndola bien, una y otra vez insiste en su carácter autobiográfico. Antes de abordar este aspecto fundamental, un inciso a propósito de algo que Javier Mazorra no suele hacer; intentar legitimar la existencia del Realismo en España, en las últimas décadas de este siglo que ahora toca a su fin. Siempre lo he considerado un admirable punto de partida que además de ahorrar inútiles polémicas da por sentado ese prurito tan hispano que se resume en la expresión "por la real gana". Ni más, ni menos que en otras variedades de la creación plástica. El perfil surreal que el trato con lo real tienen en nuestro país lo continúan percibiendo, sin lograr definirlo más que por la constatación del pasmo o la vía del sentido del humor, los extranjeros que se nos acercan con simpatía y mirada atenta. Quizá sea este sustrato surreal y fuertemente popular, extravagante pero natural, el responsable de que aquí perviva con total normalidad la práctica de una excelente pintura realista, cuando en otros países occidentales no ocurre lo mismo. En la todavía corta tradición del Surrealismo, el realismo tiene tanto que ver como la abstracción, y al Surrealismo en cuanto poética no lo podemos perder del todo de vista frente a la pintura de Clara Gangutia, estando como está de involucrada en lo que pinta.
Nunca ha sido grande el trastoque o alteración de la realidad que ha introducido en sus cuadros, dibujos o grabados. De hecho, hacia mediados de la década de los 80, tras haber transitado levemente por los caminos de la imaginación, se produjo un regreso al espíritu directo del principio, a aquella visión precisa de las cosas que encontramos en los óleos "Depósito I" y "Depósito II" (1970, 71), o en el que siendo retrato de un sillón vacío en un interior es capaz de evocar lacerantes ausencias en la vida de cada cual. Es posible que pensara que pocas ideas sacuden tanto a los seres humanos como el considerar que las casas, las ciudades o las cosas, debido a una historia que nunca nos pertenece del todo, no nos son menos ajenas que las constelaciones. Partiendo de esta premisa, el objeto más cotidiano adquiere rasgos inusitados. Por ahí y hasta ese punto está el condimento surrealista mezclado en su trabajo, cuyo aroma contiene una parte grande de capacidad de maravillarse, otra pizca de analítica fría y un buen puñado de nostalgia, no de la desgarradoramente romántica, sino de un tipo más suave, de la que además de por el corazón pasa por la cabeza. Pero nos vamos alejando del núcleo duro, de ese sello autobiográfico que su obra posee. No ser fácil encontrar a una persona dedicada a la creación que hable menos de su trabajo. Bien mirada, esta actitud no hace sino corroborar la conciencia que tiene de que es en la pintura donde lo dice todo. Y es como quiere que continúe siendo; que no intervenga la palabra liándolo y traduciendo mal lo que ya está pintado. Su estudio es un espacio para trabajar impecablemente ordenado, donde convive con un jilguero y donde el único cuadro a considerar es el que está pintando. Sin embargo, Clara Gangutia no ha hecho más que pintar su vida: su familia, sus amigos, las ciudades y paisajes en que ha vivido, por los que ha pasado con el tiempo suficiente para entablar un diálogo visual fecundo, o a los que le unen vínculos afectivos. El asunto de los afectos es el verdaderamente amplio, porque en él caben también estilos arquitectónicos el Racionalismo, el Minimalismo pobre de los barrios periféricos, el modelo de industria familiar de principios de siglo; creadores precedentes, como Charles Rennie Mackintosh, cuya herencia de rigor y dulzura le entregó intacta Glasgow; un sentido popular de la belleza que puede manifestarse en la vistosidad con que se dispone la terraza del "Café de Baeza"; o bien su reverso, la lamentable falta de estética de novísimos asentamientos, a pesar de las buenas intenciones de crear un parque en "Polvoranca". ¿Qué sería, sin embargo, de todos estos afectos si no estuvieran regidos por un sentido magistral de la composición? En su debe, el Realismo tiene a estas alturas muchos siglos de pintura genial con los que medirse, cosa que no le ocurre en sentido estricto a la abstracción en ninguna de sus variantes. Mas aliándose con la fotografía, aprendiendo de su voracidad y su desparpajo es como el Realismo ha aumentado su haber. La rasante de "Polvoranca", uno de los grandes aciertos de esta última etapa, acentúa hasta hacerla escandalosa la monótona simetría a izquierda y derecha del camino polvoriento. Siendo el aspa una de las composiciones más difíciles, aquí la ha llevado a una esencialidad casi de línea que presupone haber tomado nota no sólo de la fotografía sino también del cine.
"En el segundo término es donde pasan las cosas", recuerdo haberle oído decir, sin dar mayor importancia a esta revelación. No sé si estar de acuerdo en cuanto al "Anfiteatro de Tiermes", porque por muy imponente que sea la construcción se está muy bien en la pradera primaveral de primer término, en un cuadro como éste, además, hecho de estratos. Porque para el tratamiento de la vegetación le ha venido muy bien ir soltando la pincelada y dejar las formas en un estado más vaporoso, cambio que se produjo hace unos años. En "Tiermes", por el contrario, es tan evidente como el trasfondo erótico que se abre paso en este lugar bravío que la continuación del paisaje trata de amansar. Para llegar finalmente al ángulo del bosque que en "Comida en el campo" detiene la mirada, hay que dar un rodeo, entrando por la izquierda y siguiendo el límite de los árboles, los tres términos, teniendo en cuenta que el azul cristalino del cielo es otro potente imán, están en este caso muy contrapesados, y también se manifiesta el misterio de la sintonía con la fibra vital del mundo y de su renovado descubrimiento. Constantemente experimenta, que es donde quería llegar con la pequeña discusión a distancia sobre los términos, nuevos y arriesgados enfoques, audaces aunque aparentemente sencillas composiciones. Y en lo que se refiere al color, la atmósfera, le pertenece en cuanto los mecanismos efectivos se ponen a funcionar. Porque antes eran Madrid y la luz del País Vasco las que daban la medida de su percepción, pero está visto que puede ser Segovia lo mismo que Inglaterra, Andalucía, Extremadura o la iluminación dorada de una lámpara en un interior que le sea propio. El resorte de la perfecta asimilación de la luz se activa en cuanto decide que unos "Palomares de Segovia", o un picacho reseco que le suele salir al paso en la "Autovía" camino de Alicante, le comunican una especie de mandato en forma de efusión razonada. A quien va por la vida enfrascada en esta atmósfera de magia, dejando que además de los seres queridos acaparen su atención edificios, calles, campos y mares, lo que acaba ocurriéndole es que el hotel donde se hospeda en Buenos Aires da al chaflán redondeado del "Luna Park", un lugar legendario en la arquitectura racionalista que de inmediato retrata, y que al llegar a Mérida lo que desde su ventana se ve es el desarrollo lateral del paquebote descascarillado del cine de la ciudad. Se funde así la pintura con la vida hasta el extremo de que el lienzo viene a ser una página de sus memorias "Del mundo –podrá decir Clara Gangutia–, he tenido la suerte de encontrarme con estos seres, esas otras creaciones que ya estaban aquí cuando llegué y aquellos otros paisajes que quieran los dioses sean imperecederos, pues la humanidad los necesita para vivir". MAYA AGUIRANO |
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© LEANDRO NAVARRO, 2006
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