|
Pulse sobre una de las reproducciones de cuadros que figuran en
este página si desea visualizar su imagen a mayor tamaño.
Algunas de las imágenes, debido a sus dimensiones, pueden
tardar varios segundos en cargarse. |
|
|

LA PINTURA DE EDUARDO NARANJO COMO EMOCION
ESTETICA
La pintura, como toda emoción estética, es inefable. Para definirla se
precisa utilizar términos perifrásticos; aproximarse a ella a través de
rodeos. La pintura está ahí; se la siente, no se la expresa: ella, en
sí misma, es su metáfora y su propia expresión. De ahí que varíe sus efectos
según quien la perciba, sea o no explícita la intención del pintor. Porque
la figuración, en pintura, es siempre ilusoria; más ilusoria, por más
empecinada e imprudente, en el hiperrealismo que en ningún otro estilo.
La realidad como tal no la procura el arte. El arte participa una realidad
ya asimilada empleando, de manera personal, medios convencionales. De
esa desoladora dificultad, de esa consciencia de riesgo y de limitación
y de denuedo, de esa certeza de manejar realidades artificiales surge
la creación humana.
El arte más profundo que no coincide siempre con el más hermético es la
expresión de lo que, de otro modo, no podría expresarse. Se nutre de lo
inasible. Trata, a tientas, de poner puertas al campo y de enmarcar el
universo. Trata, a fuerza de severos halagos, de domesticar a la Quimera.
Todo arte es el despliegue de una dominación. Sin embargo, por una parte,
la realidad es de un entreverado menos simple; por otra, la dominación
en que el arte consiste es un desvalimiento, ya que supone a la vez una
iluminación y una tiniebla previa. Crear es conseguir que un rayo rasgue
el ancho pecho negro de la noche. En tal Epifanía, de donde brota la luz
es de la oscuridad. Y no la contradice, sino que la consuma. Acaso lo
que tengan en común todas las artes sea que el caudaloso caos de la realidad,
al percutir en quienes las ejercen, hace saltar la deseada chispa, distinta
en cada uno.
De lo dicho se deduce que en el trayecto de un pintor, pocos itinerarios
tan claros, tan indubitados como el que hace y recorre Eduardo Naranjo.
Desde el cuento que escribe e ilustra a los 9 años hasta hoy mismo, pasando
por el patio del convento de Santa Clara en Sevilla que pintó a los 14.
Los niños son los dueños del tesoro, "irremediablemente fascinados siempre
por el indeleble pulso viviente o por el impreciso juego de la luz": lo
escribe él mismo. Es inútil pretender encasillar esta pintura, persistente
y tenaz, desde su época expresionista al realismo o hiperrealismo o surrealismo,
o quizá más bien el realismo mágico u onírico. Ya hemos visto que la realidad
no la depara el arte. Hay que "crear una realidad irreal, o una irrealidad
hecha real". Lo que ha de estar en la pintura dice el pintor no es la
vida en sí, sino el sentimiento de la vida. Un sentimiento que, al concentrarse
en el placer de la pintura, surge casualmente, se descubre de modo feliz
e improvisado. Y es que hasta los sueños son tan reales como la vida misma,
acaso más intensos, más sugestivos, más insólitos. Lo que hace este pintor
predestinado es pintura y nada más, Una pintura inexplicable pero que
no requiere explicación. Una pintura que dice lo que quiere decir: lo
que queda dicho y algo más; lo que se ve, aunque no sea en todo caso con
los ojos; lo que desea siempre ser tocado; lo que el espectador siempre
desea tocar.
Fuendecantos tiene a Zurbarán, su cateto exquisito; Monesterio tiene
a Naranjo, rotundo y perfumado y enigmático. De él surge el arte "de una
manera natural y espontánea. Si no es así no es arte, es rutina". Pinta
como quien canta o habla o siega o se queja o mira. De ahí que él mismo
subraye que, comparando y remirando sus obras encuentra en todos su yo
incuestionable, según era en tal espacio y en tal tiempo. Es ese camino
del yo el único que conduce al arte verdadero.
En esta exposición Naranjo da un paso más hacia la simple perfección.
Se recoge mientras mira a su alrededor, y se ensimisma. Contempla los
objetos con una contenida poesía: va en busca de la poesía en cuanto contempla
de modo franciscano y admirable. Esta exposición es la viva prueba de
que en arte es muy difícil saber lo que se quiere; de que nadie avanza
si no es llevado; de que quién niegue la inspiración, el sigiloso recado
de algo más alto, anda en la noche oscura.
Aquí están los grandes dibujos: el de Carlos Tomás en el estudio que susurra
con precisa humildad la piel, los poros, el vello, el anticipado tacto
y su ternura; el del joven de los años 20, cuyo modelo oscila entre la
presencia y su fotografía, manchada y desgarrada como en una sin cesar
rejuvenecida ampliación; el de la ensoñación de la Plaza de Oriente...
Aquí están las rosas marchitadas, no marchitas; aquí están las camelias,
abdicada con bordes oxidados de su plenitud una, a su espera las otras;
los lirios asombrosos uno es de un iris iluminado desde dentro erguidos
sobre la tabla cotidiana; las orquídeas de hojas rígidas y carnosas y
pétalos rayados, recogidas mientras impregnan con su denso olor la aurora,
la mañana, la tarde, la noche, con el reflejo del autor enamorado e impasible,
con las ciudades allá atrás, en el horizonte, que son, como las nubes,
más que un fondo una firma, casi una huella dactilar del alma ... Aquí
están los cuadros de la playa; el atardecer en Santiago de la Ribera,
donde la luz caediza parte en dos el paisaje; el de la mujer desnuda,
dormida, abandonada y tan viva en su carne; el del Mar Menor, con su luz
uniforme y otra luz dentro de la primera alumbrando la toalla, las chanclas,
las huellas en la arena... El periquito turquesa sobre una mesa de trabajo,
con la elegancia fatal despojada de la muerte... La blanca naturaleza
de los restos del pájaro en el plato, ante el habitual trampantojo del
espejo...Las figuras en un paisaje aéreo, un puente levadizo con la anterior
manera, erigido el misterio en la claridad, sobre las rosas mustias...
Y la mesilla de noche que dan ganas de abrir, perfecta en su humildad
coronada por una rosa viva... Y el contraluz de la muchacha asomada al
jardín... Y la multitud de luces y reflejos en su estudio, con ventanales
que la lluvia ensució.. Y su patio de Monesterio, sombreando el lilo las
macetas colgadas...
Aquí hay más soledad que nunca, más renuncia, más intimidad, más admiración
pura ante el objeto. Ya no hay apenas cuadros contenidos en otros, ni
luces contrapuestas resbalando por las mejillas de las cosas; ni la reiteración
de elementos, suelos, telas, papeles, cráneos, cabezas de muñecas, cristales
mal cortados, vendas, espejos desconcertantes... El pintor se ha realizado
a solas más que nunca. Y nos cuenta con sencillez su historia interminable,
delicada y profunda. Y todo sigue siendo verdadero, vehemente, y vehementemente
verdadero. Aquí se encuentran otra vez, o la misma como el autor afirma,
"mis emociones de las cosas y las situaciones que he amado... y la inconsciente
búsqueda o mejor, el feliz encuentro... Así como el apasionado impulso
de captar el motivo en toda su belleza y, de este modo, reconocerme en
él". El creador lo ha dicho. Nadie podría decirlo mejor de otra manera.
Esta pintura sólo la verá bien quien la mire de tal forma, con tal ansia
y tal verdad y hondura, que acabe reconociéndose en ella. En ella y en
su mundo.
Antonio Gala
|