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EDUARDO VERDASCO EL ESPIRITU HEROICO DE LA PINTURA Hay algo dolorosamente romántico en la pintura de Eduardo Verdasco
que lo relaciona en ciertos aspectos con artistas alemanes de finales
del siglo XVIII y principios del XIX, esos que vinculaban de forma trágica
su creatividad, a profundas creaciones metafísicas. Descubrimos que su obra es el resultado de una profunda y meticulosa labor de observación, de estudio, no solo del modelo que le sirve de inspiración, casi siempre paisajes cercanos con los que mantiene una constante relación física y anímica, sino también de las infinitas posibilidades técnicas que se le ofrecen, y de sus afinidades en la gran historia del arte. Nada es espontáneo y cada cuadro responde a una pregunta, a un permanente estado de ansiedad que le obliga a analizar de forma pormenorizada todo lo que ve a su alrededor. Su enciclopédica erudición le lleva a probar antiguas fórmulas, diseccionar estilos, interpretar soluciones de composición utilizadas por los grandes maestros. Seguramente le ocurre lo mismo que a Goethe que mirase donde mirase veía invariablemente un cuadro, pero como el gran escritor alemán, Verdasco no puede dejar de pensar en temas teóricos de los que casi nadie se preocupa, la pervivencia del soporte o el color como concepto.
Le obsesionan en sobremanera sus efectos sobre la naturaleza, la función omnipotente de la luz, la forma como ha trabajado los artistas a través de los siglos. Que valor tenía Velázquez o en Rembrandt pero sobre todo en los impresionistas y en los "plainairistas". Aprovecha cualquier conversación con otro pintor para recabar información sobre el tema, contrastar experiencias. Al final siempre surge la duda acuciante sobre la capacidad o discapacidad del pintor de reproducir la realidad. El mismo Goethe llegó a la conclusión de que el artista no imita, sino inventa su realidad, creando su propio lenguaje para así expresar a su manera lo que siente el alma. Creo que Verdasco estará de acuerdo con esta idea aunque seguramente le añadiría infinitos matices. De todos los pintores que surgen a mediados de los setenta en la antigua Escuela de Bellas Artes de San Fernando, después de haber experimentado la influencia de Antonio López García, Verdasco es sin duda el que más se ha interesado en estos temas. Le fascina el concepto de realismo en el arte y parece haberlo estudiado desde todos los puntos de vista. Si durante muchos años Verdasco encontró en el refugio encantado de los jardines del Capricho de la Alamenda de Osuna su escenario favorito, dónde volver una y otra vez a los temas que le preocupaban a través de paisajes de una extraña belleza, en estos últimos años sus horizontes se han ido paulatinamente expandiendo aunque sin alejarse nunca de sí mismo, de la apasionada sensibilidad que invariablemente define su trabajo pictórico. Cuando vemos un cuadro de Verdasco, no queda más remedio que recordar a Munch. Este decía que el pintor no solo debe pintar lo que ve delante de él, sino lo que ve dentro de él mismo. Da igual que sus cuadros aparentemente imiten la realidad, sobre todo, lo que llama la atención es que desvelan los recovecos más íntimos de la personalidad de su autor, incluso el estado de ánimo en el que se encuentra además de todo su bagaje cultural.
Para él, cada cuadro es una aventura aunque también un doloroso camino.
A veces el resultado puede ser chocante, casi provocador pero no por ello
deja de fascinarnos su permanente experimentación dentro de unos parámetros
muy reducidos. Los elementos compositivos son casi siempre los mismos,
la naturaleza enfrentada a al mano del hombre, un hombre invisible que
solo adivinamos por sus obras arquitectónicas convertidas en símbolos
de su presencia en la tierra. Cada imagen sin embargo nos resulta inquietantemente
distinta a pesar de la recurrente utilización de ciertos colores fetiche
que en ciertos tiempos fue un naranja casi eléctrico y más adelante un
azul ultramarino casi transparente o también por su descarado placer en
representar la vegetación con una fuerza y una presencia casi animal.
El primero ha sido el circo, esa forma de espectáculo que aunque últimamente experimenta una cierta regeneración no deja de trasladarnos con cierta melancolía a tiempos pasados. Es curioso indagar en la historia del arte de los últimos cien años para ver como se ha tratado este género. Recordamos de inmediato ese famoso cuadro de Seurat "Le Cirque" perteneciente a la colección del Museo d`Orsay donde se representa en su particular estilo puntillista una compleja escena de funambulistas y acróbatas en medio de la pista. Profundizando sobre el tema podemos ver como lo han tratado artistas tan diferentes como Tolouse Lautrec, Henry Moore, Paul Klee o Georges Rouault pasando naturalmente por Picasso que lo desarrolló en sus épocas azul y rosa o también con posterioridad en la litografía "Mujer Circense a caballo". Todos tienen como denominador común el tratar el tema desde dentro, concentrándose en lo que ocurre en la pista y en la vida de la gente del espectáculo. Muy al contrario, Verdasco se enfrenta a él cuando las luces se han apagado, cuando el sueño se ha transformado en un ambiente triste y plomizo, sin brillo ni glamour. Ve al circo desde fuera, a una cierta distancia, con enorme respeto pero enfrentándose a su difícil destino, sin red de ninguna clase. La carpa sigue acaparando el foco de atención pero la vemos siempre desde el exterior, desde una carretera y rodeada de caravanas y camiones. Cada cuadro es de nuevo una obra perfectamente individualizada, trabajada hasta el más mínimo detalle, no sólo en lo que se ve como resultado final sino en toda la preparación técnica y teórica que lo ha precedido, un permanente acto heroico en este corredor de fondo que sigue su camino solitario. Lo mismo ocurre con su incursión en el mundo de las carreras de caballo donde la apariencia de sus imágenes puede recordarnos a primera vista los cuadros que Degas realizó a finales del XIX inspirándose en las carreras del hipódromo de Longchamp. Sin embargo, si lo analizamos de cerca, descubrimos que estamos ante algo mucho más cercano, el modelo es otro que el moribundo hipódromo madrileño de la Zarzuela, prácticamente abandonado y a punto de desaparecer. Verdasco, una vez más, vuelve a interesarse por ese aspecto vulnerable y frágil de un mundo obsoleto, en peligro que sin embargo se resiste a morir. Aunque se han podido ver algunos óleos de Eduardo Verdasco en exposiciones colectivas en estos últimos años, hace mucho tiempo que no tenemos la oportunidad de disfrutar de una sala únicamente dedicada a su pintura. Su cada uno de sus cuadros tiene su propia entidad un valor intrínseco por si solo, creo que la verdadera dimensión de su talla como pintor solo se hace plenamente visible cuando se tiene la oportunidad de verla en su conjunto, cuando cada una de ellas se transforma en un imaginario eslabón que forma la cadena de su vida. Javier Mazorra |
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© LEANDRO NAVARRO, 2006
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