|
|
Pulse sobre una de las reproducciones de cuadros que figuran en
este página si desea visualizar su imagen a mayor tamaño.
Algunas de las imágenes, debido a sus dimensiones, pueden
tardar varios segundos en cargarse. |
|
|

FRANCISCO
BORES
Antología sobre papel
Francisco Bores, madrileño de la
calle Barquillo. Sólo en 1971, un año antes de
su muerte, celebró aquí una individual.
Ingratitud de su país natal hacia este español de París,
ingratitud parecida a la que se produjo en los casos de Juan Gris, Julio
González o incluso el propio Picasso. Bores,
o "Bores", como llegó a firmar en ocasiones, a la francesa:
uno de los pintores españoles
del siglo XX cuya fortuna crítica no cesa de ir en aumento, lenta
pero seguramente. Cada nueva ocasión de contemplar obras suyas,
nos depara nuevas enseñanzas. Todavía el corpus de las
mismas no está fijado, y todavía quedan, por lo tanto,
zonas de iceberg por conocer. Procedente en su mayor parte de los fondos
del propio artista, e inédito en su práctica totalidad,
el estupendo conjunto de más de un centenar: de dibujos, acuarelas
y gouaches que ahora nos revela Leandro Navarro, y que el presente catálogo
documenta, constituye una nueva ocasión para la maravilla y el
gozo que siempre se apodera de nosotros, cuando nos enfrentamos al universo
boresiano.
Desde que se le han dedicado una exposición al ultraísmo
-El ultraísmo y las artes
plásticas, IVAM, Valencia, 1996-, y otra a la producción
boresiana de este signo
-Francisco Bores, El ultraísmo y el ambiente literario madrileño
1921-1925, Residencia
de Estudiantes, Madrid, 1999-, es mucho más lo que sabemos en torno
a los inicios de
Bores, uno de los pintores que estuvo vinculado a aquel movimiento.
Ex-alumno de Cecilio Pla, el pintor valenciano de las "manchitas",
que siempre
manifestaría, a diferencia del resto de sus compañeros de
generación, indulgencia e
incluso interés por la nueva pintura, de él el madrileño,
que frecuentó su Academia entre
1916 y 1919, aprendió lecciones de fluidez, de aire libre, de limpieza,
algo que también
les sucedería a otros tres futuros "españoles de Paris",
Pancho Cossío, Joaquín Peinado , y Manuel Ángeles
Ortiz, el segundo de los cuales, en la única ocasión en
que conversé con él, en Madrid, en el Hotel Suecia, en 1980,
me recitó de memoria, para mi sorpresa, algunas de las máximas
de la en su día muy difundida Cartilla de arte pictórico.
De todo el conjunto de la producción ultraísta de Bores,
cercano entonces a Carlos
Sáenz de Tejada, a Francisco Santa Cruz, a los polacos Wladyslaw
Jahl y Marjan
Paszklewicz, y a algunos de los poetas del movimiento cuya cabeza visible
era
Guillermo de Torre, de siempre me han interesado, de un modo especial,
sus xilografías,
de ellas publicadas en revistas como España o Tobogán, y
otras exentas. En ellas recrea
motivos de la vida madrileña en torno: La Biblioteca del Ateneo
con sus lámparas, la
barbería, el prostíbulo, el billàr, el circo, el
fútbol, el tiovivo, las bailarinas, los toreros,
los músicos ciegos, la boda, las mujeres en el mercado y, ya, los
primeros cafés de quien como enseguida veremos pronto se convertiría
en un auténtico "especialista" en ellos...Xilografías,
que evidentemente manifiestan parentesco con el expresionismo alemán,
con la producción coetánea de Barradas o Norah Borges, con
las también muy logradas tentativas en este medio de Pancho Cossío...
Xilografías que, por el lado más castizo, más España
negra, también se nos antojan, en cierto modo, regoyescas o, todavía
más, solanescas, y es que está claro que la sombra del autor
de la tertulia de Pombo era entonces alargada.
Algunas de las más antiguas de entre las obras aquí presentes,
por algún lado tienen
que ver, como no puede ser de otro modo, con esa prehistoria ultraísta.
Paseantes con sombrero hongo y paraguas. Postes con cables: papel pautado
del suburbio. EI viento y las nubes y la lluvia en el primer Bores, la
melancolía en el primer Bores. Algunas de estas leves imágenes
levemente coloreadas, de estas viñetas o haikus urbanos, casi nada,
y a la vez pura maravilla, están fechadas en 1929, es decir, pertenecen
ya a la etapa de París, iniciada cuatro años antes, y sin
embargo me empeño en encontrarles, Como a ciertas obras primerizas
de Dali y de Sáenz de Tejada, un aire muy madrileño, ecos
de un Madrid muy 1920, de un Madrid arrabalero y verbenero y con viento,
a lo Antonio Espina de Umbrales y Signario, a lo Mauricio Bacarisse de
El esfuerzo, a lo Juan Chabás de Espejos, a lo Dámaso Alonso
de Poemas puros, poemillas de la ciudad, a l0 Miguel Pérez Ferrero
de Luces de bengala...
Arrabales de cualquier gran ciudad, cafés de París o de
cualquier puerto a lo Pierre Mac Orlan o a lo Pio Baroja, palmeras, playas
luminosas, modernas de la Costa Azul -"Juan les Pins, 26", leemos
aquí al pie de unas de estas escenas impregnadas de felicidad a
flor de piel-, la arena, las sombrillas, los veleros, el mar, el Sur tan
celebrados por los
pintores franceses, del impresionismo en adelante: Bores no rehuye, antes
al contrario, el aire de la calle -La rue, 1929-, los temas cotidianos,
mundanos incluso, podríamos decir, gusta de ser "pintor de
la vida moderna" a lo Constantin Guys, a lo Baudelaire, y a la vez
consigue, por su arte, trascender todo eso.
Exquisita delicia, siempre, y también exquisito humor, nada negro,
nada solanesco,
más bien prefigurando el de Saul Steinberg, de los cafés
boresianos con sus grandes letreros y sus grandes espejos, y también
con su humo, de esos cafés franceses -en la memoria, el madrileño
de Platerías, frecuentado por Ios ultraístas-, espacios
de sociabilidad en los que en cambio un narrador de aquel país,
y de su misma generación, al que no sé si él llegó
a conocer, André Fraigneau, veía "salas de espera de
la muerte". En la presente selección nos encontramos con algunos
tipos sentados en el café, tipos vagamente geométricos,
uno de ellos fumando en pipa y con un bock de cerveza delante, otro con
un sombrero hongo. Con mujeres también, como ésta, con un
chaleco vagamente a cuadros, vagamente en damero, abstraída ante
una garrafa de agua,
en un dibujo feliz y deshilachado, que se desvanece en el aire, en el
blanco del papel. Con jugadores de naipes en el café, por último,
un tema obviamente aprendido en el gran Cézanne, y que terminó
siendo más de Bores que de nadie, de Bores, que en medio de los
naipes incorpora, flotando, un número siete -en otras ocasiones,
un susurrado "Oui"-, y que figura, mediante unas volutas lineales,
el humo ambiente.
Bores, bodegonista esencial, también en sus dibujos, en sus acuarelas.
Una y otra vez,
en buen cubista, y más atrás en el tiempo, de nuevo en buen
cezanniano, vuelve y vuelve sobre ciertos motivos, cotidianos donde los
haya, motivos que nos hablan de interiores en calma, de una vida en orden,
de una pintura meditativa, de interior, sí, como pudo serla en
su momento la de Vuillard. Cómo sabe, en algunos de los papeles
ahora reunidos, con qué arte fino, con qué arte sencillo
y a un tiempo mágico, colocamos ante una mesa -de café,
o no-, ante una garrafa de agua, ante un jarrón con flores, ante
unas botellas, ante unos vasos o unas tazas, ante un cuchillo, ante unas
frutas o unos dulces, ante la clásica "baguette", ante
el no menos clásico "compotier", ante unos naipes nuevamente,
ante un papel pautado cubierto por unos compases de música... Una
y otra vez, convierte estos motivos, en un fragmento de pintura bien
temperada, y que respira. Una y otra vez, vuelve a sorprendemos con su
arte, normal
donde los haya, apoyado en la vida en tomo, y a la vez extremadamente
depurado, quintaesenciado.
Vecindad personal, y lo que es más importante, estética,
de Bores el neo-cubista,
el cubista heterodoxo, el cubista lírico, a un tiempo con Picasso
-el faro, no lo olvidemos, de absolutamente todos los españoles
de Paris-, y con su amigo y rival Matisse. Del primero aprende disciplina
cubista, construcción, y también, en ciertos rostros y en
ciertos cuerpos, clasicismo, "rappel à l'ordre". Del
segundo, "joie de vivre", sensualidad, aprecio por la luz, y
por el color que la vehicula. El modo boresiano de conciliar construcción
y luz, cubismo e impresionismo -algo que vio muy bien Juan Ramón
Jiménez, en su espléndida "caricatura lírica"
de 1931, recogida años más tarde en Españoles de
tres mundos, ese modo boresiano de intentar "una especie de síntesis
entre la herencia plástica de Braque y Cézanne y Ia aspiración
al lirismo", está en la base de lo que él mismo llamaría
por aquel tiempo -tiempo de su descubrimiento de la luz del Sur, en Orasse,
entre los olivos- la "pintura-fruta", un término que
Eugenio Carmona, uno de los mejores conocedores de aquel período
tan decisivo de nuestro arte, ha tenido el acierto de elevar no hace mucho
a categoría, para referirse a toda una franja, muy Paris y muy
27, de nuestra pintura. Esa franja emerge durante el período 1925-1930,
y además de a Bores incluye, entre otros, a Hernando Vifies, Ismael
González de la Serna, Manuel Ángeles Ortiz, Pancho Cossío,
Joaquín Peinado, cierto José Moreno Villa y cierto Alfonso
de Olivares, el primer Ramón Gaya y el primer Esteban Vicente,
incluso el primer González Bernal. Efectivamente, de lo que se
trataba era de conciliar esos términos en principios antagónicos,
construcción y luz, no rehuyendo tampoco, en ocasiones -y en el
caso del propio Bores eso está claro-, cierta conexión surrealista,
que en parte tiene que ver con el impacto del Miró de los cuadros
azules, y en parte con el ejemplo de André Masson, alguien que,
no lo olvidemos, había pasado por la disciplina cubista, y de la
difusión de cuya obra se había ocupado Kahnweller.
"La pintura se saborea como una fruta, placer de los sentidos ante
todo". La pintura-
fruta, muy Paris y muy 27, tuvo entonces, nunca está de más
subrayarlo, su mejor plata-
forma en Cahiers d 'Art, la gran revista de aquel París, una revista-laboratorio,
con
muchas ilustraciones y muchos textos -estos últimos a menudo firmados
por grandes escritores-, una revista que dio cobijo simultáneamente
a cubistas, fauves, surrealistas y, ya, abstractos, una revista en cuyo
santoral figuraban a la vez, en combinación que hoy se nos antoja
fabulosa, Picasso antes que nadie, Braque, Juan Gris, Julio González,
Matisse, Dufy, Masson, Kandinsky, Klee, Arp, André Beaudin, Miró,
Luis Fernández y, naturalmente, nuestros Pancho Cossío,
Ismael González de Ia Serna, Bores...
. Bores, poeta de la pintura: habla del sabor de una obra "y, lo
que es más importante, su poesía", y también
de emociones. Amistad, no sólo con el ya aludido y siempre ineludible
Juan Ramón Jiménez, tan rodeado siempre de pintores, y que
en 1925 publicó en el único número de su revista
SI una suite de sus bodegones lineales, sino también con Guillermo
de Torre y Miguel Pérez Ferrero -asimismo en 1925, Bores presentó
en Ia Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos los
retratos al óleo de ambos-, con Juan Chabás, con Eugenio
Montes, con Claudio de la Torre, con Gerardo Diego, con José Rivas
Panedas, con Federico García Lorca, con José María
Hinojosa -del que ilustró La rosa de los vientos (1927)-, con el
aforístico José Bergamín, con el irónico Antonio
Espina, con Ramón Gómez de la Serna -que supo decir como
"la lluvia borra el mundo", y en cuyo universo literario, mezcla
de casticismo y cosmopolitismo, nos hacen pensar algunas de las aludidas
xilografías del período ultraísta-, con Benjamín
Jarnés, con José Moreno Villa, con Adolfo Salazar, con Antonio
Marichalar, con el franco-uruguayo Jules Supervielle, con Pierre Reverdy,
con el misterioso Rafael Lasso de la Vega, con Jean Grenier, el maestro
de Albert Carnus, para el cual nuestro pintor era "un español
discreto y secreto": escritores todos ellos, por lo demás,
como era frecuente en aquella época, y como por desgracia no lo
es tanto en la nuestra, enormemente receptivos al arte de los pinceles
Con Mattisse, el Bores dibujante, y muy especialmente, aquí podemos
comprobarlo, el
de comienzo de los años cuarenta, comparte el amor extremo por
la línea, una línea que en ocasiones surge solitaria y pura,
serpenteante arabesco, curva inacabable, a tinta china, o a la acuarela,
que recorre el cuerpo desnudo de la modelo o su rostro entre enormes manos
- recordemos otras Manos también dibujadas, en la colección
del Reina Sofía-, y que otras veces, en cambio, nace, a carboncillo,
desde una masa de grises, que poco a poco se van precisando, se van fijando
en una figura, que emerge de esa neblina, en la que se abren grandes claros.
¿Evolución? A quién se empeñe en ello no le
resultará imposible dividir la obra boresiana en etapas, siendo
por ejemplo tan distinto de los demás, el período doméstico"
de los años treinta, o el dilatado período de posguerra,
en el que por momentos le tienta la abstracción, y dentro del cual
me gusta especialmente lo que él mismo llamaba su "manera
blanca". A la vez, y en esta muestra de papeles queda meridianamente
claro, se trata de una tarea en cierto modo vana; aquí la evolución
no es lo que importa, sino más bien un trabajo circular, monótono
en el mejor sentido, trabajo de vuelta y vuelta sobre ciertos temas, de
asedio musical a los mismos, para extraerles a cada vez nuevos acentos,
nuevas posibilidades, "Sus pinturas -escribía Julián
Gállego en 1956, en una de sus crónicas desde París,
tan llenas de sugerencias, para Goya- son un acertijo de cristal, transparente
e impenetrable como la Sonata fácil de Mozart", y el mismo,
anos después, cuando la retrospectiva ministerial de 1976: "Era
mucho más silencioso que sus cuadros, que siempre dejaban escapar
un murmullo de hojas, un rumor de olas, algo del respirar de Monet o de
Renoir, hondo y ligero a la vez"...
En un bodegón relativamente tardío, presente aquí,
estos humildes y sorprendentes
peces geométricos nos traen a la memoria a Braque el austero, otro
pintor cubista al que
Bores admiraba mucho, y con el que compartió no pocas cosas, y
muy especialmente esa capacidad de equilibrio que es, si se me permite
decirlo tan coloquialmente, especialidad de ambas cosas.
EI Diderot bien temperado de Bores. Marc Alyn, en su estudio de 1975,
habla
un encuentro excepcional: el de Bores, pintor del silencio, y Diderot,
moralista del dialogo. Leandro Navarro ya expuso en su día en Arco,
un conjunto de dibujos pertenecientes a ese ciclo, algunos de los cuales
libro de bibliófilo editado en
Berlín, en 1967. Con algunas de esas pequeñas marañas
lineales, llenas de poesía, una
vez más, y nuevamente de humor, se cierran esta selección,
y estas divagaciones mias, que quieren decir, una vez más, mi más
profundo aprecio por el universo en calma, "a media voz" -la
expresión es suya: qué adecuados siempre sus autorretratos
morales-, de su autor.
Juan Manuel Bonet
|