Leandro e Iñigo Navarro en su Galería  

Principal
Fondo de la Galería
Artistas representados
Ferias y Exposiciones
Publicaciones
Acerca de Leandro Navarro

Pulse sobre una de las reproducciones de cuadros que figuran en este página si desea visualizar su imagen a mayor tamaño.

Algunas de las imágenes, debido a sus dimensiones, pueden tardar varios segundos en cargarse.
 

Exposición

Albert Gleizes y Georges Valmier

EL CUBISMO COMO NUEVA ESPIRITUALIDAD


Es inútil pintar allí donde es posible descubrir
Jean Metzinger, en 1911

En el año 1907, del encuentro entre la objetivización cézaniana, sobre la que estaban reflexionando muchos jóvenes artistas de la época, y un inspirarse en la escultura ibérica primero y en las máscaras africanas descubiertas en el Musée de l'Homme después (y acaso también de las que había empezado a coleccionar Matisse el año anterior), surgen Les Demoiselles d'Avignon, el primer cuadro cubista, una obra paradigmática sobre la que muchos historiadores han edificado su teoría del arte contemporáneo. En 1907 nadie, ni por supuesto el mismo Picasso, podía saber que había nacido un arte nuevo: el primero en hablar de "pequeños cubos" fue Matisse, en el jurado que rechazó los cuadros de Braque para el Salón de Otoño de 1908, y el crítico Louis Vauxelles, que se hallaba presente, echó mano de la ingeniosa analogía en su comentario sobre la exposición de esos mismos lienzos en Kahnweiler a finales de aquel año. Apenas unos meses después Kahnweiler le presenta a Picasso a Georges Braque y, en 1908, se constituye en torno a ellos tres el Groupe du Bateau-Lavoir (Apollinaire, que en 1913 daría carta de naturaleza al grupo con su célebre libro Peintres cubistes, Gris, Jacob, Laurencin, Léger, los críticos Raynal y Salmon, y los Stein), al que se acerca Albert Gleizes al año siguiente, al igual que Archipenko, Delaunay, Herbin, Metzinger y Picabia.

«Paysage»

Lo que Read ha llamado "un acto individual de percepción" precipitó pues el nacimiento del nuevo estilo. Pero es lícito pensar -luego daremos cuenta de una opinión distinta- que el cubismo se desarrolló realmente en el seno de dos o tres grupos de artistas con ideas y metas diferentes, que su bautizo tuvo lugar en el Salon des Indépendants de 1911 (en cuyo vernissage surge el apelativo en cuestión, dice la leyenda) y que su primer gran "manifiesto" es el libro de Gleizes y Metzinger Du Cubisme, publicado en 1912 y cuyo contenido resumió así el propio Gleizes: "Baste decir rápidamente que los pintores, hoy, no consideran el objeto más que en relación con el conjunto de las cosas y a él mismo en relación con el conjunto de aspectos que presenta. (...) El dinamismo plástico nacerá de las relaciones rítmicas entre los objetos, y de los distintos aspectos de un mismo objeto, yuxtapuestos -y no superpuestos, como a algunos les gusta hacer creer- con toda la sensibilidad y el gusto del pintor que no tendrá más reglas que estas".
En el collage cubista, un invento de Braque, que incorpora los primeros letrismos en 1909 y los papiers collés en 1911, se concitan esas "múltiples capas de realidad" -el atractivo concepto de Hoffmann- que le devuelven al arte lo que perdió en el Renacimiento, "nombre pomposo bajo el que se oculta la más terrible decadencia", decía Fulcanelli, el enigmático alquimista con el que Gleizes, además de nacionalidad, gusto por el arte y época, compartía al menos una opinión: "Gracias a los francotiradores aislados que se oponían a los invasores, la nefasta influencia del Renacimiento ha sido por siempre vencida" (1913). Y si como sugiere Hoffmann el collage cubista recupera el medieval recurso a materiales diversos, cada uno con su carácter, apariencia y capacidad evocadora, el cubismo en su conjunto habrá de aparecérsenos si la impericia del cronista no lo impide, más que como una revolución formal, como un camino de austeridad y disciplina, en el que las formas surgidas del espíritu triunfan sobre el mundo de las apariencias y que desemboca en una nueva visión del cosmos.

Gleizes el racional, el artista metódico que gusta de detenerse periódicamente para revisar y sintetizar lo hecho; y Valmier siempre intuitivo, colorista, elegante... Pese a que Gleizes es el primero en adentrarse en el universo cubista -ya en 1909 trabajaba en la geometrización de los motivos- y goza de mayor prestigio por ser, junto a Metzinger, el gran teórico del cubismo, las trayectorias de estos dos artistas discurren paralelas: entablan amistad en el frente, durante la Primera Guerra Mundial, coinciden luego en la galería de Léonce Rosenberg y, más tarde, formarán parte del grupo Abstraction-Création, viejo conocido del público español a raíz de la reivindicación de que fue objeto, en los años 70, por parte de los jóvenes pintores que trataban de edificar su alternativa a la poderosa abstracción de El Paso. Valmier, por su parte, prefirió trabajar alejado de los cenáculos en los que se fraguaban las nuevas teorías. Perfeccionista, lento, apenas pintó trescientos cuadros y murió prematuramente, cuando estaba desarrollando una abstracción de visionario que, transcurrido el tiempo, ha cobrado una nueva vigencia.
Tanto el uno como el otro han sido tratados de forma injusta por la historia. No son los únicos: en 1920 Kahnweiler publica un libro discutido en el que eleva a los altares de la historia a los artistas de su galería y tilda a todos los demás, entre ellos los jóvenes cubistas de Rosenberg (que durante la guerra había estado apoyando a Gleizes, Gris, Metzinger, Léger y otros artistas del exiliado Kahnweiler en su sala l'Effort Moderne), de cubistas secundarios. Frente a este atropello se alzan voces críticas, pero los historiadores han aceptado esta versión de los hechos durante mucho tiempo: para el siempre admirable -e intocable- Francastel, por ejemplo, el cubismo del Bateau-Lavoir, "el único cubismo verdadero, quizá", se ha disuelto ya en numerosas heterodoxias nada menos que en 1911 (¡el año en el que se inventa el término "cubismo"!) y la Guerra del 14 marca el fin del movimiento como tal. Mas no el de los pintores cubistas: "Esta brillante afirmación -se refiere al repunte del estilo hacia 1919- es menos la de un movimiento que la de unas personalidades llegadas a su madurez (...). Todavía hay cubistas en 1920, ya no hay cubismo, cuya vida, tan breve como la del fauvismo, apenas habrá durado siete años" (1957).
Afirmar que el cubismo desaparece en el momento preciso en que Picasso y Braque toman sendas divergentes (recuérdese que a su regreso del frente Braque y su grupo no admitirán en su seno a Picasso y a Gris) es tanto como negar la aportación de muchos otros pintores a la gestación de este estilo y de los que le siguieron. Picasso opinaba que "el cubismo ha sido relacionado, con objeto de interpretarlo más fácilmente, con la matemática, la trigonometría, la química, el psicoanálisis, la música y vayan a saber qué mas. Todo esto ha sido pura literatura, para no decir insensatez, y tuvo malas consecuencias, al cegar a la gente con teorías". Evidentemente, su cubismo no era el cubismo espiritual, sensible a las ideas de Mondrian y Kandinsky, fatalmente abocado a la abstracción, de Gleizes y Valmier, sino el de un monstruo creador -el de un genio, si se prefiere- cuyas pautas de conducta resultan siempre difíciles de comprender y al que para pintar le bastaba y le sobraba con dejarse arrastrar por su inconmensurable talento.

Como decíamos, la visión reductora no se acepta hoy de buen grado: más que de aquel "acto individual de percepción" de Picasso y de la inteligencia de Braque, las nuevas formas de expresión se alimentaban del legado de Cézanne y, en consecuencia, dieron muy pronto lugar a múltiples vías de interpretación y desarrollo, a personales reflexiones que acaso versaran sobre lo que el maestro trataba de decir en esos últimos años de arduo trabajo. Pero dejemos ya a un lado tales asuntos, disputas entre historiadores al fin y al cabo y que poco importan cuando contemplamos obras como las aquí reunidas, plenamente originales dentro del contexto cubista, realizadas entre 1914 y 1933 por dos artistas a los que une, además de la amistad, una personal concepción del color que no dejará de sorprender al público español, más acostumbrado a la obra a menudo sobria y contenida de los maestros Gris y Picasso y de los grandes post-cubistas.
«Composition à trois éléments»

 

Valmier, el solitario

Artista dado a la soledad, Georges Valmier (1885-1937) desarrolló la mayor parte de su obra sobre la base de sus propias investigaciones y no tuvo reparos en aplicarla a otras disciplinas artísticas, como el teatro, el textil, la ilustración o los tapices... Según se desprende de las cartas que periódicamente le enviaba su galerista Rosenberg, esta faceta de su trabajo pudo influir negativamente en carrera de pintor pero, a cambio, Valmier se ganó el derecho a ser considerado un pionero de la incorporación de las formas artísticas de vanguardia al mundo del diseño.
Su obra de juventud, bajo el influjo poderoso de Cézanne, se desarrolla entre 1907 y 1914 y culmina con una descomposición de la escena en planos de color a la que Denise Bazetoux ha llamado "cubismo prismático". No se exponen aquí cuadros de esta primera época, en la que concurre a los Salons des Indépendants de 1913 y 14. En 1918 -año al que pertenecen Personnages y Horloge et personnages, en los que se percibe la influencia que sobre él había ejercido el vitalista Gleizes durante la guerra- inicia un camino hacia la abstracción que discurre hasta 1921, por lo que se le considera también precursor de los movimientos abstractos en la Francia de los años 40. En efecto: cuando en 1920 lee la traducción de El Neoplasticismo de Mondrian que acaba de editar Rosenberg, Valmier entiende que el pintor cubista no tiene por qué seguir atado al natural, sino que el cubismo es ante todo un lenguaje, capaz de construir una realidad más allá de la forma sensible: "sugerir no significa dar la ilusión de lo que se ve, es evocar la realidad, la síntesis de la realidad, con medios prodcedentes del espíritu". Los gouaches Composition géométrique y Motif décoratif sur les thèmes des voiliers, de 1921, son obras abstractas, estudiadas y medidas, en las que se aprecian ciertas superficies ornadas que recuerdan a la fase sintética de Picasso (este, mientras tanto, acaba de desconcertar de nuevo a todo el mundo con su vuelta al orden) y han de contarse entre las más representativas de este artista: "Los numerosos gouaches que Valmier nos ha dejado -escribe Laurence Berthon- presentan una frescura y una espontaneidad que el tiempo no ha alterado: constituyen una de las partes más originales de su trayectoria y probablemente sean el mejor reflejo de su personalidad". Léonce Rosenberg, que es quien en varias cartas le había sugerido a Valmier el uso del gouache, organiza su primera exposición individual en 1921.
Al año siguiente, momento al que precisamente pertenecen Bouquet de fleurs y Figure, Valmier regresa bruscamente a la figuración siendo tal vez esta etapa, en la que los cuadros se caracterizan por su elegante colorismo, la más celebrada del pintor. En aquellos años, tanto Valmier como Gleizes trabajan en decorados para el teatro. El primer trabajo de Valmier son los decorados y el vestuario -de tela y cartón, recreando la estética de los cuadros cubistas- que realiza para un grupo de teatro futurista dirigido por Marinetti, que en 1922 estrena sus obras en el teatro Art et Action de Louis Lara. A partir de 1925, las composiciones se vuelven más complejas y las moduladas superficies, de sinuosos contornos, se acumulan generando nuevos espacios; la textura de lo cotidiano se mezcla ya con la de un mundo imaginario en obras sobre papel como las aquí presentadas, Femmes au balcon, Vase de fleurs y Les acrobates au cirque, que forman parte de ese amplio conjunto de gouaches preparatorios que nos ha dejado Valmier. La etapa se cierra con las pinturas que realiza para el apartamento de Rosenberg entre 1928 y 1930, un conjunto que en su mayor parte ha desaparecido y en el que destacaba La promenade, que medía 3,24 por 1,60.

Valmier vuelve en 1930 a la abstracción, pero esta vez deja atrás el cubismo. Ingresa en 1932 en el grupo Absraction-Création dirigido por Michel Seuphor, en el que participaba muy activamente Torres García. Esta Composition de 1932 -el año en el que sufre una crisis cardiaca de la que nunca se recuperará plenamente- nos acerca a la espiritualidad de Valmier en esos momentos, alude a su sentimiento mágico de la naturaleza y nos descubre la relación que entreveía el artista entre lo pequeño y lo inmenso: "Ya se trate de cosas tangibles o de átomos invisibles, todo no forma más que una única y gran familia, puesto que lo divino lo penetra todo. El tiempo, el espacio, se miden con el espíritu y el espíritu no puede concebir un cuerpo aislado del universo". Son las ideas de Mondrian, que Valmier desarrollará hasta su repentina muerte, que acaece mientras ultima las pinturas del Pabellón del Ferrocarril de la Exposición Universal de 1937, donde habrá de colgarse El Guernica. Las palabras que Georges Pillement escribió sobre estos Rythmes mécaniques dan a la obra de Valmier su justa dimensión: "No se trata de un juego de formas y de colores inventado únicamente para dar placer a los ojos, no es la abstracción lírica de un Kandinsky, ni la abstracción geométrica de Delaunay, sino un arte de visionario, de psicoanalista".

Hay también dos paisajes: uno africano y otro, muy poético, de un ajardinado ámbito intimista. En el africano importa comprobar cómo el dato fotográfico se transforma en perfectamente pictórico, alejándose de cualquier género de fotorrealismo. Este cuadro pequeño, de formato alargado, muy horizontal -acomodándose al sentido y a la condición de la panorámica que representa-, no imita ni re-escribe los datos fotográficos que en él han dejado su rastro, sino que los fagocita y los proyecta a otro horizonte: el de la pintura de asuntos norteafricanos, tan deslumbrante en nuestra tradición desde Fortuny y Rosales. El otro paisaje, el del rincón ajardinado, testifica cómo parte de la obra de Gerardo conecta con el impulso al simbolismo y a la evasión poética del magicismo madrileño. Pero es sólo un momento, una pieza aislada de la exposición, que inmediatamente se verá contestada por otro cuadro muy distinto.

Gleizes, el teórico

Muy conocido en los Estados Unidos gracias sobre todo al trabajo del profesor Daniel Robbins, que en 1964 y 1965 organizó varias exposiciones en Nueva York, París y Dortmund, Albert Gleizes (1881-1953) está hoy representado en el museo Guggenheim con más de cincuenta obras y, sólo en Europa, sus pinturas han formado parte de más de mil exposiciones.
Junto con Metzinger, Gleizes es como hemos dicho el primer y gran teórico del cubismo. Comoquiera que describir mejor que este una obra que él mismo diseccionó en infinidad de textos plenos de interés es tarea que sobrepasa con mucho las capacidades de este cronista, trataremos de cederle la palabra para que el lector tenga una visión lúcida y de primera mano de este movimiento. Gleizes inicia su andadura, como impresionista, en 1901 y dos años después celebra su primera exposición con Los Independientes. Hacia 1907, empieza a introducir elementos geometrizantes en los paisajes, valiéndose exclusivamente del dibujo (se trata ya de una elección racional, meditada y perfectamente justificada) y arriba a un nuevo arte: "La idea que teníamos de la forma era clásica: quisimos oponernos, restaurando unos principios, a la disolución de esta forma en el impresionismo y el neo-impresionismo. Escogimos el remedio heroico proclamando la autoridad del volumen representado sobre un plano con ayuda de la perspectiva. Y para ello no encontramos nada mejor que subrayar mediante ángulos y facetas la impresión sensible de este volumen que nuestro ojo traía del exterior". ¡Qué deliciosa descripción de lo que era, en realidad, el cubismo embrionario!. Más adelante, los conceptos van definiéndose con mayor precisión: "Los maestros de antaño, los del Renacimiento que en aquel momento de nuestra vida de jóvenes pintores nos parecían los más completos, poseían esta ciencia de las estructuras. (...) Los secretos de los maestros se desvelarían quizás porque estábamos de acuerdo en que había que subordinar el tema, "la anécdota", decíamos nosotros entonces, a las leyes de la construcción plástica, hasta tal punto que estábamos dispuestos a sacrificar al primero para poner en evidencia las estructuras simplificadas resultantes de la aplicación de las leyes. (...) Líneas y volúmenes, densidades y pesos, equilibrios simétricos de las partes entre sí, tales eran nuestras preocupaciones y nuestras aspiraciones. De ahí, como consecuencia evidente de nuestra actitud, el aspecto geométrico y despojado de nuestros cuadros...". En 1910 (el año en que Kandinsky pinta sus primeras acuarelas abstractas) conoce a Jean Metzinger y cuando Apollinaire le presenta a Picasso en 1911 (al parecer, la relación entre ambos artistas nunca fue menos que fría), su estilo -un cubismo volumétrico- ya está totalmente definido.
En 1912 escribe pues Du Cubisme junto a Metzinger y, al año siguiente, empieza a reflexionar sobre esa multiplicación de los puntos de vista que vulgarmente se usa para explicar el cubismo pero que, como vemos, no atañe ni a sus fundamentos ni a los primeros estadios de su desarrollo: "Recuerdo nuestro tormento de pintores al comparar nuestras imágenes detenidas, en las que el discurrir de la vida permanecía en suspenso, con las imágenes trepidantes que se sucedían en la pantalla de cine". Y se hace una pregunta que será crucial: "Las formas que teníamos ante nosotros ¿no se modificaban por el mero hecho de cambiar nuestra posición de espectadores? ¿Qué debíamos entender por "el parecido" de un rostro o de un objeto cuando según se moviese ese rostro o fuese ese objeto desplazado, ese rostro y ese objeto ya no se parecían a sí mismos?".
En las obras de 1914, los diversos puntos de vista se subordinan a la existencia de un esquema unitario, como en el caso de Paysage, que recuerda a los trabajos de Braque en l'Estaque (1908) o de Picasso en Horta de Ebro (1909). En 1915, Gleizes se traslada a los Estados Unidos, invitando a Valmier que, poco dado a la aventura, prefiere quedarse en París. La etapa neoyorquina de Gleizes, tan dado a expresarse por escrito, a hacer la crónica del momento y a participar en los acontecimientos, es de confusión y desgarro: vive el desarrollo industrial vertiginoso de los Estados Unidos, con sus grandezas y sus miserias, toma contacto con el arte rompedor de Duchamp y Picabia, que trasciende a la pintura y, como muchos otros, mira con esperanza a la naciente revolución en Rusia. Mientras escribe obras ambiciosas como l'Art dans l'évolution générale, su realidad y sus teorías se contradicen a diario ante sus ojos. De 1915 era un delicioso dibujo que se expuso hace unos años en esta misma galería: New York mostraba un calidoscopio de rascacielos traspasados por chimeneas humeantes (también entonces se expuso una acuarela colorista realizada en las islas Bermudas, donde estuvo en 1917).
En 1916 viaja a Barcelona. Allí hace algunos de los dibujos que hoy se exponen, como Picador y Danseuse Espagnole, obras que poco tienen ya que ver con las de 1914: la rigidez geométrica de Tête de Clown ha dado paso a unas líneas dinámicas, importa ahora el movimiento más que la forma estática y la estructura interna de la imagen, que es la protagonista del dibujo, se ha liberado de cualquier esquema preconcebido. En Acróbatas, importa el vértigo, el desorden visual: Gleizes experimenta, prescinde de un orden geométrico que serene y haga comprensible la escena, intuye una realidad subyacente. En un gouache delicioso, Sur une danseuse de Music Hall, expresa como en el citado New York el tremendo impacto que le causó la bulliciosa ciudad americana.
Gleizes regresa a Francia en 1919 y su obra se vuelve más serena y optimista. Guiado por su afán "sistematizador" consigue tras muchos esfuerzos percibir la existencia de dos mecanismos en su proceso pictórico, a los que llama "traslación" y "rotación" y a los que les corresponden respectivamente los planos rectos y los oblicuos. Estos, que como sucede en Composition, se alternan en el cuadro, representan de hecho una nueva forma de subordinación del tema a un esquema previo, fenómeno que aún no se apreciaba bien en obras como Le Pianiste, de 1920. En 1922 escribe La peinture et ses lois, ce qui devait sortir du cubisme. Gran parte de lo que entendemos como los fundamentos del arte moderno está enunciado en este libro: "Todo organismo plástico comporta sus leyes de organización, ligadas a las propiedades formales del plano, y esto independientemente de toda figuración. El cuadro es primero un objeto plástico: cuadro objeto". O también: "Pintar es animar una superficie plana; animar una superficie plana es dotarla de un ritmo. Por consiguiente, es reconocer a la superficie plana como la primera realidad objetiva, la materia bruta que va a animarse bajo el impulso subjetivo del pintor".
Hacia 1923 inicia un estudio del arte medieval que dará pie a obras como el tríptico para la capilla de Sainte-Blanche de Serrières, de 1927 o la Composition à trois éléments que aquí vemos, imbuida de ese hieratismo de que se dota la imaginería prerenacentista. Para Albert Gleizes, este es el último estertor de la figuración: hacia 1928 -el año en el que escribe L'épopée, su personal historia del cubismo, que será publicada por la Bauhaus y a la que se referirá Kandinsky en alguno de sus ensayos- empieza a trabajar con unos focos circulares cargados de simbolismo que, distribuidos por distintas partes del cuadro, articulan la composición y determinan el valor de los colores. Los hallamos en la Composition de 1933 y en Arabesques (1951), que formó parte de la exposición En torno al cubismo, celebrada en esta misma galería hace dos años, donde aparecen claramente una docena de estos ejes, combinados con formas angulares. Cuando en 1931 funda, junto a Arp, Delaunay, Herbin, Moholy-Nagy, Mondrian, Schwitters y otros, el grupo Abstraction-Création, Gleizes es ya como su amigo Georges Valmier un artista que ve en las formas abstractas la razón última del universo.

«Les Acrobates au Cirque »

Ese mismo espíritu y esa misma atmósfera magicistas alientan en su fantástica serie de bodegones, que configuran el cuerpo principal de esta exposición. Desde los comienzos de su carrera, hacia 1970, Gerardo Pita, influido entonces por su gran amigo Claudio Bravo, tomó parte en el gran renacimiento del género del bodegón, que se estaba produciendo a partir de la década de los sesenta apoyándose unas veces en el arte pop y otras veces en el neorrealismo. Lo que pasa es que Gerardo Pita se desmarcó bastante pronto del concepto y de la imagen de bodegón entonces vigente -con creaciones que giraban en torno al alegre mundo del consumismo y la cultura popular-, y prefirió un universo de objetos que, por cotidianos, nunca carecen de espíritu consistente, y eligió unos iconos más sofisticados y cargados de autobiografía, en los que -como decía el poeta y mercader Roemer Visscher ante los cuadros de su admirado Vermeer- "nada es banal o sin significado".

«Portrait de Jean Cocteau»

En estos bodegones impresionan dos cuestiones fundamentales: el carácter "metapictural" de sus composiciones, y la rotundidad arquitectónica de sus estructuras. De entrada, nos encontramos con una serie de objetos muy vividos, la mayoría de los cuales pertenecen al ajuar familiar del pintor. Ya hemos hablado de sus colecciones de objetos precolombinos y de lacas chinas, que protagonizan muchos de estos lienzos, y podemos añadir aquí su afición por las láminas de botánica y por los tapices orientales. Partiendo de la preferencia sensible por unos objetos exquisitos, como éstos, la acción de pintar no se puede mover únicamente en los niveles de la representación ilusionista, sino que tiene que atender también y fundamentalmente a ese carácter metapictural al que aludimos, haciendo que la pintura exprese la identificación íntima del pintor con ese universo. A la relación biográfica se añade, además, la relación física: son objetos manipulados, acariciados, movidos y dispuestos por las manos de Gerardo fuera y dentro del cuadro. Es decir, son elementos integrados, fuera y dentro de la pintura, en la "zona de comunicación somática" de quien los pinta, formando parte de un mismo campo magnético, o "doble campo del bodegón" -como lo denomina John Berger en su ensayo "¿Cómo aparecen las cosas?, o Carta abierta a Marisa"-.

LEn fin, está igualmente el asombro ante la rotundidad y monumentalidad de estas naturalezas muertas. A ese respecto, conviene no olvidar los estudios de arquitectura que Gerardo realizó en Madrid a finales de la década de los sesenta. La idea del espacio controlado y la forma de estructura constructiva de estos bodegones responden a esa mirada, a esa cultura arquitectónica. Efectivamente, para comprender el sentido hondo del elemento plástico que llamamos composición ("composición" = "com-poner" = "poner junto"), posiblemente no haya otro género de pintura más expresivo que el de la naturaleza muerta. Para pintar este género, el artista, antes que nada, ha de componer unos elementos reales en un espacio real, creándoles una estructura, un "organismo", un ajuste, un equilibrio armónico donde las fuerzas y tensiones entre objetos se encuentren y resuelvan. O sea, antes de pintar el bodegón, hay que inventarlo o "disponerlo" en la misma realidad. Luego, en el cuadro, el pintor establece diferencias jerárquicas referentes al valor de la forma, del color y de la luz. Pues bien, en los bodegones de Gerardo Pita el sistema de ordenación no responde a un canon orgánico, de vivacidad, de complacencia en la armonía "naturalística", sino que rige en ellos un canon de razón y de excelencia constructiva, geométrica inclusive, de simetría, armonía y proporciones arquitectónicas. Todo, regido por una voluntad de perfección y de equilibrio intencionales. Todo, desde el amor a la regla; lo cual no impide dejar después hablar a la imaginación. Por ello, por sencillos que sean, por pequeños que pudieran ser, estos bodegones resultan siempre dominados por la escala de lo rotundo, por los axiomas de la buena proporción, por el concepto de lo edificatorio, del monumento. Quedan, así, como hitos, como obras definitivas, que proclaman su excelencia en su firmeza, y que indican la dirección y las distancias recorridas y a recorrer por este pintor sensible, al que conmueven el amor de las cosas y las exigencias del arte de la pintura.

Javier Rubio Nomblot

   

© LEANDRO NAVARRO, 2006