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PINTAR A FONDO A un amigo, que es además un excelente artista, le gusta repetir una frase que me impresiona siempre como la primera vez: "La obligación del pintor es serlo hasta el final". Si no fuera porque, lo que parece obvio es frecuentemente lo más raro e inalcanzable, este requerimiento podría resultar hasta una de esas verdades, que el habla popular castellana bautiza con sorna como "del barquero". Obvia o no la afirmación, lo que está claro es que muy pocos pintores se atreven o pueden serlo hasta el fina1. Es cierto que la vida, con sus incesantes asedios, pone constantemente a prueba la vocación artística, y son pocos, en definitiva, los que cumplen con su vocación artística hasta el postrer aliento. La gente cree al respecto que la peor dificultad que padece el artista es de índole material, como, por ejemplo, la falta de medios económicos, el rechazo social ante lo que hace el creador o cosas por este estilo. Sin embargo, aún sin restar importancia a estas estrecheces, que, en efecto, convierten la trayectoria del artista en un paso angosto, no se tarda en descubrir que quizá sean estas limitaciones las mejor toleradas o, si se quiere, las comparativamente menos relevantes entre las que cualquier artista ha de afrontar. Ninguna de ellas, por de pronto, se pueden comparar con las angustias artísticas de no lograr lo que uno quiere, le guste o no a la sociedad, o, en fin, todo lo que remite y condena al artista a una esencial y muy dramática soledad. Por todo ello, estoy cada vez más convencido de que lo que llamamos vocación -y, por supuesto, más enfáticamente, la vocación artística,- es algo que sólo se descubre al final, y no al principio como habitua1mente se cree.
Puede que, sin duda, alguien sienta, a muy temprana edad, la comezón de una punzante llamada hacia determinada actividad, pero, incluso cuando esto se produce, la vocación no es tal sino cuando está cumplida, refrendada por una renovación constante a lo largo de la vida. En general, no sabemos quiénes somos - quiénes hemos sido - hasta el momento en que morimos, pero donde mejor se cumple el aserto - con más claridad - es en el destino creador, el de los escritores y los artistas, puesto que lo que han hecho está ahí de forma irrefutable: la obra material de toda una vida. Juan Barjola es un ejemplo excepcional de todo lo que antecede, porque aún hoy, en el que año que cumple 80 años, todavía se pregunta si es pintor. Lo hace, además, cuando lleva medio siglo pintando sin interrupción, pero, a mi modo de ver, lo más formidable y emocionante del caso, es que, con semejante trayectoria a sus espaldas y con los reconocimientos que merecidamente ha cosechado, sigue él mismo poniéndose a prueba; esto es: sigue pintando con la misma pasión de] comienzo. No es exactamente que siga mecánicamente pintando, con inercia profesional, sino que pinta acuciado por lo que estima que todavía no ha pintado. Cree, en suma, que todavía le resta descubrir lo mejor de sí mismo, cuando sabe de sobra que eso en él es pintar. ¡Qué vocación! Como Barjola está convencido que aún no ha pintado lo que imagina o sueña que puede hacer, como sigue creyendo que le queda por terminar su mejor obra, sus cuadros últimos se cargan de una fuerza emocionante, que nos hace atisbar un imposible al paradójico alcance de la mano, de su incansable mano de pintor. Esta suprema tensión hacia lo que sólo él acierta a ver y generosamente nos es ofrecida a nosotros gracias a su pintura, posee la belleza sobrecogedora de quién, a todas luces, clamorosamente, ya sólo vive por la pintura y para pintar. En ese estado, cada cuadro es una suerte de milagro, porque necesariamente es un descubrimiento y un misterio. En este estado de ensimismamiento pictórico, el pintor afronta todo, porque ha superado con creces todo lo que se le ha ido presentando. Ha superado el darse a conocer, pero, también, el reconocimiento y el olvido. Este último suele tener lugar cuando todo el mundo, a fuerza de admirar quién eres te embalsama en vida y deja de fijarse en ti, hagas lo que hagas, aunque sea distinto. Precisamente el pintor de última hora pinta siempre distinto, que es justo lo contrario de pintar según dictan las modas. Ha superado también los estragos corporales de la edad, e, incluso, supera, lo que es asombroso, cualquier por qué, cualquier razón o justificación. Quiero decir que ya sólo hace las cosas por- que sí y para sí, en un maravilloso cumplimiento vocacional. ¿, Y qué mejor cumplimiento vocacional para un pintor que el seguir pintando sin ninguna razón fuera la de materializar pictóricamente el último sueño? Aunque no hubiera necesitado contemplar los últimos cuadros, que ha pintado Juan Barjola con motivo de la presente exposición, para corroborar que en él se da un luminoso cumplimiento de su vocación artística, resulta que lo he hecho, y, de nuevo, he obtenido más de lo que presumía. No me refiero a lo que, a través de estos cuadros, se revela como confirmación de su vocación y de su mundo, con todo lo que ello implica de impresionante entereza, de deslumbrante obstinación, sino lo que esos cuadros revelan de pujanza insólitamente nueva. Ahí están sus temas de siempre y ahí está su forma de pintarlos bien discernible, pero ahí está asimismo lo inesperado, esa nueva fuerza sorprendente que lleva a Barjola más allá de sí mismo. Este más allá, no obstante, no le lleva fuera, sino que lo adentra; no es un cambiar, sino un ahondar.
¿Cómo explicar sin retórica ese ir de Barjola más allá de sí, pero para sus adentros? En cierta manera, me recuerda lo que escribió el gran pensador alemán Georg Simmel respecto al último Rembrandt, cuando afirmaba que, en el pintor holandés, pero, por extensión, en todo pintor que lleva su vocación hasta el final, "estallaba la forma". Pues bien, al igual que el último Rembrandt hacía estallar, a través de la forma, a Rembrandt, yo veo que Barjola hace lo mismo; es decir: Barjola estalla a Barjola. Pero, ¿,qué significa esto? ¿,Una autoinmolación acaso? Es, por de pronto, la autoinmolación de anular lo que uno es para que la pintura lo sea todo, para que el pintar sea, por fin, un supremo acto de verdad. No se trata, en todo caso, sólo de un acto de sabio anonadamiento, de purificación, sino también de dinamitar la sedimentación formal que se arrastra para llegar mejor a las profundidades pictóricas del sí mismo creador. ¿,Cómo entonces no van estallar las formas por los aires? El pintor que lo es hasta el final no ceja de excavar, no para de escarbar en las profundidades de sí, en la costra de la piel que es el estilo. Hay como una sensualidad coloreada que hincha las carnaciones de las figuras en los últimos cuadros de Barjola. Un amasijo de tonos entreverados de amarillo, rosa y violeta, que saturan, con su rica pulpa carnal, las negras siluetas, las cuales ahora parecen apenas poder aguantar el grávido peso de esos feraces racimos. Es como un flujo de sangre nueva, como una mágica resurrección de la carne, que hace de nuevo palpitar, a las formas, formas ahora henchidas de color, formas, en efecto, como a punto de estallar. No es algo, sin embargo, que marque como una unidad toda la obra última, sino que arriba como un proceso. Aún sin saber con exactitud el orden cronológico con que han sido pintados los cuadros de la exposición, quien la contempla tiene la sensación de intuir las etapas de su desarrollo, su urdimbre dramática, la sucesión de pruebas y de conquistas que el pintor se ha ido planteando y resolviendo. En este sentido, quien contempla esta obra última de Barjola siente lo que ésta tiene, en definitiva, de recorrido. El recorrido posee, en este caso, muchas dimensiones, que se corresponden con la voluntad soberana de quien está dispuesto a pintar hasta el final, que es quien pinta a fondo. Está, por un lado, la extrema disponibilidad de no poner reparos a hacerlo todo: cualquier tema, cualquier formato, cualquier solución; y está, por otro, esa explosión que amenaza la estabilidad de las formas, su sedimentación resignada. Es el recorrido, por tanto, de la aventura: la de aventurarse más allá de lo que se sabe, sin renunciar por eso a lo que uno es. Lo que es y ha sido Juan Barjola: un pintor expresionista; o, lo que es lo mismo, un pintor que vive y representa la realidad como deformada. Deformar la realidad es enfatizar lo expresivo de la misma; es, en suma, humanizarla. Un pintor con intención analítica pro- pende, sin embargo, a la visión inhumana de lo real, la visión que diluye lo subjetivo. Aunque no de forma exclusiva, la pintura española se ha caracterizado por frecuentar más el expresionismo, por la captación "intensa" de la realidad de la vida. Ha cuidado mejor los afectos y los efectos que las razones. La pintura española es exclamativa y, además, clama por cualquier cosa, ya que concede importancia dramática a todo, sin atender a jerarquías. Esta indiscriminación ante el dolor, lo más expresivo, junto con la risa, ha sido, desde luego, una constante del extremista arte español. Barjola se reconoce en ello, pero no sólo cuando se fija en un macilento perro que aúlla de hambre en un desmonte urbano, sino cuando entrevé en la apoteosis carnal la acechante mueca grotesca del paso del tiempo, lo morible de la vida. En este punto, la trayectoria de Barjola no se ha concedido un desmayo, pero esa constancia moral en lo expresionista de la expresión no se ha alimentado sólo del pasado. En las génesis histórica del arte contemporáneo está el español Goya, con su alargada secuencia de pintores así llamados "de veta brava". En nuestro siglo, dentro y fuera de lo vanguardista, han abundado también los expresionistas, de Zuloaga a Solana, o de Picasso en adelante. Con Goya y Picasso, la exclamación española ha retumbado por doquier. No sé hasta qué punto los poderosos ecos de este grito han condicionado hasta las interpretaciones retrospectivas de otros pintores de nuestro país, más encalmados, como le ocurrió a Bacon con el Inocencio X, de Velázquez. Tampoco se, por otra parte, de qué manera el expresionista Beckmann halló cobijo en el propio Picasso para dar rienda suelta a su sensualidad torturada. En todo caso, hay en lontananza un coro de voces estridentes entre las que Barjola ha encontrado su propia exclamación. Es una trama complicada, porque, hacia atrás, o hacia adelante, ha sostenido un permanente diálogo a través del espacio y del tiempo. ¿Cómo no pensar, por ejemplo, en el que explícitamente mantuvo el propio Goya con Rembrandt? Tal es, a través del tiempo y del espacio, la genealogía moral y artística de Juan Barjola. Tal es el paisaje de su fidelidad artística. Pero si ahora lo evoco es porque Barjola la renueva, - la intensifica - hasta el estallido. El estallido se produce entonces como una liberación, simplemente porque sí. Se expresa porque sí; pinta porque sí. A fondo. Hasta el final. El estallido de la forma del pintor que no renuncia a serlo hasta el final es liberador, porque, careciendo de ataduras, no atiende a razones. Deviene verdadero cumplimiento vocacional: la de invocar exclamativamente la vida. No se acepta el cansancio, la resignación, la evasión respecto a lo que la vida es. Como ha escrito Maurice Blanchot en La locura de la luz, se encuentra "seres que jamás les han dicho a la vida, cállate, y nunca a la muerte, vete". Esta locura de la luz es también pictórica y, como la pena de Miguel Hernández, "tizna cuando estalla". Alegría o pena extremas, este estallido pictórico tiene los colores de Juan Barjola, pintor a fondo, hasta el último suspiro. Verdaderamente, sólo al arribar a este estado, el pintor merece el calificativo de entrañable. FRANCISCO CALVO SERRALLER |
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© LEANDRO NAVARRO, 2006
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