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JULIO GONZALEZ

Según pasa el tiempo, la importancia de Julio González se acrecienta. Ya no solo se reconoce el valor del escultor que acompañó a Picasso en su fulgurante experimentación con el hierro en ese momento, crítico para la vanguaruardia, de la segunda mitad de la decada de los veinte, y continuó luego el mismo, por su cuenta, esa maravillosa veta de invención y técnica en el último tramo de su propia vida.

 
«MAIN DEBOUT»

Tampoco se reduce su proyección a lo que a través de David Smith, significo la escultura en hierro tras la segunda guerra mundial en la obra del artista estaounidense y en la escultura europea de los años cincuenta, sobre todo, en los focos británico y español, este último con nombres tan importantes como los de Oteiza, Chillida, Martín Chirino o Alfaro. Todos estos episodios tienen desde luego su importancia, pero la atención critica se centra cada vez más en la obra de julio González para penetrar mejor, en el sentido de que sólo a ella pertenece y, desde allí, evaluar el papel que ocupa en la escultura del siglo XIX. Durante este último cuarto de siglo se han multiplicado las instancias críticas, a través de exposiciones y monografías, que se oroentan en esta dirección reivindicativa de este gran escultor catalán, sin duda uno de los mejores del siglo XX.

¿Por qué, no obstante, se ha retardado comparativamente tanto el reconocimiento de Julio González? En cierta medida, podríamos responder con la, no por consabida, menos verdadera sentencia de que el paso del tiempo es siempre el más infalible criterio para juzgar el arte, pero creo que, sin desmentirla, se trata de una verdad que admite razones y que hay que esforzarse en proporcionarlas. En primer lugar, está el hecho de la complejidad de la personalidad y de la obra de González, en el que, de pronto, como en los mejores creadores de vanguardia españoles, la relación entre tradición y modernidad fue esencialmente conflictiva y, por ello, quizá, tan fecunda. En este sentido, como se ha señalado otras veces, cuando he intentado explicar este mismo problema, los artistas españoles más revolucionarios de nuestra época, al intentar librarse del tremendo peso de la historia, se han encontrado de forma no meditada con el problema de sus raíces antropológicas más profundas, con la cuestión de su propia identidad, tal y como ya comentó sagazmente Teófilo Gautier respecto a Goya cuando afirmó que éste, al tratar de servir a las ideas nuevas, se topó de bruces con la vieja España. Ha sido este conflicto el que explica que, de Goya a Picasso, y, naturalmente, también a Julio González, el arte español más innovador haya adoptado una peculiar posición excéntrica.

«FEMME ASSISE III»

Lo excéntrico marca el destino artístico de Julio González desde cualquier punto de vista, pero se evidencia enseguida a través del medio y las circunstancias en las que se hizo el artista. Nacido en 1876 en una
Barcelona a punto de convertirse en uno de los mejores centros artísticos europeos de fin de siglo, González procedía de un medio familiar vinculado a la tradición artesanal del trabajo del metal. Desde esta perspectiva, su formación guarda una estrecha relación con Gaudí, pues en ambos lo más añejamente
tradicional se alía con el impulso inventivo moderno. También podríamos aludir a su profundo catolicismo o a su común amor por la identidad artística local, con especial pasión por la espiritualidad gótica, forma y técnica, concepto y oficio. Es cierto, por otra parte, que sus destinos respectivos divergieron, pero, según creo, en la medida que divergen por sí mismas dos artes de proyección
social tan diversas como la arquitectura y las artes plásticas.

Cinco años mayor que Picasso, Julio González se instala en París prácticamente a la vez, pero, aunque cómo aquel se instaló de forma definitiva, su maduración artística tuvo un ritmo muy diferente. Esta incomparablemente más lenta evolución de González no fue, sin embargo, debida a una integración
fallida en los medios vanguardistas de París, ni tampoco a una "traición" al exigente compromiso creador que imponía severas condiciones materiales a los más atrevidos, sino, por el contrario, al rigor que auto impone no hacer nada que no se sienta como una auténtica necesidad íntima. De esta manera, González sobrevive con modestia, durante un cuarto de siglo, en medio de un clamoroso silencio creador, que no es en absoluto un estar artlstlcamente inactivo.

¿Qué ocurrió entonces para que lo que parecía una trayectoria fracasada se convirtiese súbitamente en un deslumbrante clamor creativo? Como se sabe, el chispazo surgió al acudir González en auxilio técnico de Picass, que quería ayuda cualificada para explorar las posibilidades del uso escultórico del hierro mediante la soldadura autógena. El móvil del chispazo pudo ser Picasso, pero el alumbramiento artístico de González, como, por otra parte, no podía ser de otra manera, le perteneció a él, como se manifestó en sus respectivas trayectorias durante la década de los treinta.

Cuando nos fijamos en la trayectoria de Julio González, y no sólo la de su epifanía final, entre la segunda mitad de los veinte y 1942, la fecha de su muerte, constantemente descubrimos cosas nuevas. La primera, que a mi juicio todavía no ha sido explorada a conciencia, es el sentido de su "espera" o expectativa, que se alargó un cuarto de siglo, porque no fue una espera pasiva, sino activa, productiva. Hablo de la productividad no sólo por el hecho de que González realizó una serie de obras durante esos años, sobre todo, como es sabido, diseño de joyas, pinturas y dibujos. Son todos ellos trabajos que, de haberse quedado ahí, no hubieran sacado a González de lo episódico, pero que, sin embargo, no están al margen de la escultura final que llegó a ejecutar.
Quiero decir que toda esa labor, en lo que contiene de espera, se alumbra con un nuevo sentido al ser considerada desde el final, como le ocurre, por lo demás, a la trayectoria de todo gran artista, que siempre debe interpretarse desde lo último, porque es lo que paradójicamente explica lo primero.

¿Porqué se retraso tanto, de todas formas, Julio González en encontrar su verdadero camino? La respuesta no puede ser otra que por sus altas y complejas pretensiones, que exigían esa lenta gestación. No en balde había en González muchos elementos y tensiones contradictorias. Antes me he referido a la más genérica, que le convierte en centro de un conflicto entre tradición y
modernidad, que le afecta en todos los órdenes, incluso en el técnico, pues no deja de ser un artesano volcado a una forma de trabajo industrial, donde el yunque y el martillo se alían con la soldadura autógena. Ahí esta también el conflicto entre naturalismo y abstracción, o, si se quiere, entre figuración y visión analítico-conceptual. En González, como en Picasso, se dio esa resistencia a dejarse llevar por la abstracción pura, lo que ha sido fuente de no pocos malentendidos
para una comprensión crítica cabal del valor de su obra. Los dogmáticos del formalismo vanguardista han tenido dificultades para
comprender -y, de hecho hasta hace poco lo han hecho, según creo, mal- que este partir de la realidad no era fruto de una actitud tímida o equívoca de González respecto al auténtico sentido de lo moderno, sino al reductor
concepto de lo moderno que ellos manejaban. En realidad, ni siquiera hay un González "naturalista" y otro "vanguardista", el "malo" y el "bueno", sino un artista trabajando de que es compleja porque es contradictoria o, mejor dicho, que es tan compleja que parece contradictoria a quien aplica una lógica que no le corresponde.

Desde esta perspectiva, es mucho más interesante comprobar cómo conviven y pugnan entre sí los elementos estéticos contradictorios que operan en la personalidad de González, entre los que lo "gótico" y lo "clásico" poseen mucha más fuerza gravitatoria que la visión reductora de lo que significa ser naturalista y ser abstracto. No quiero meterme ahora en cuestiones críticas, cuyo desarrollo esté aquí fuera de lugar, sino advertir que ya es imprescindible un análisis más sutil y profundo sobre el significado de su obra.


En González se produjo simultáneamente el doble impulso creador que Worringer consideró antitético: el del naturalismo y el de la abstracción, correspondientes respectivamente al espíritu clásico y al primitivo- gótico, el de la forma y el de la deformación. Estos elementos antitéticos se correspondían bien, por otra parte, con la cultura de la Barcelona finisecular, en la que se educó González, aunque se manifestasen de manera sucesiva con el modernismo y el noucentisme. No era un brote extraño, producto de la alteración moderna, pues ambas raíces calaban hondo en toda la historia de Cataluña,clásica y gótica. No se puede despojar la obra de González de esta tensión, aunque ciertamente la espiritualidad gotizante, el primitivismo vanguardista, fueran algo así como su , dramática aspiración dominante. Aun así, debajo de sus esculturas más expresionistas, palpita una resonancia del mundo griego, si bien preclásico y hasta arcaico.


La exhibición simultánea, en 1937, de dos obras tan aparentemente distintas y distantes entre sí como La Montserrat y la Femme au miroir, que se suelen presentar como los epítomes del naturalismo y la abstracción, explica esta constante tensión subyacente en Julio González, una tensión que, por lo demás, no le perteneció en exclusiva en los difíciles años treinta, marcados
por un cuestionamiento del formalismo vanguardista. Piénsese, por ejemplo, en las esculturas de bulto redondo que Picasso hacía en su taller de Boisgeloup a comienzos de dicha década, que se fueron produciendo junto a una serie de cuadros de marcado acento expresionista, como los que se inspiran en Grünewald. Incapaz de esa versatilidad demostró desde siempre Picasso, el González de ese momento transforma en intensidad lo que para el malagueño era también extensividad. Desde este punto de vista de espiritualidad exaltada y dramática concentración, La Montserrat y la Femme au miroir se aproximan y se manifiestan como dos maneras de expresar un mismo furor, una misma iluminación, una misma ansia de oponerse, de desafiar a la fatalidad de la historia. Son como los respectivos símbolos de lo que, forma compacta, se enfrenta al destino, o de lo que se retuerce grotescarnente como un espacio contraído por el tiempo. En todo caso, en
González subsiste siempre una misma concepción sagrada, escatológica.

En este sentido, cuando desde el presente se revisa lo que ha sido la escultura de vanguardia de la primera mitad del siglo XX,
sobresalen dos prototipos: el melancólico de Brancusi cuya obra es como el verdadero canto del cisne del clasicismo, y el conminatoriarnente trágico de González, que sobrevuela la historia hasta ese más allá de futuro, buscando siempre la pureza de los orígenes, el primitivismo que dio siempre su fuerza y justificación moral a la vanguardia. En relación con este último, ¿cómo, si no, se podría explicar la proyección de su obra tras la segunda guerra mundial y en lugares y situaciones tan diversas? Es cierto que la madurez artística se retrasó comparativamente, en González, así como también se ha retrasado su reconocimiento crítico, pero todo ello ha sido provocado por la complejidad y la riqueza de elementos concurrentes en su personalidad y su obra, inasimilables a través de una visión crítica reductora, simplista, dogmática. Como todas las grandes obras, la de Julio González se deja alumbrar sólo por el paso del tiempo, que ha de transcurrir lo suficiente para que se pueda apreciar la inmensidad que contiene.


FRANCISCO CALVO SERRALLER

 

 

   

   
   

© LEANDRO NAVARRO, 2006