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Exposición

BALTASAR LOBO

En cierta ocasión, le preguntaron a Monet, ya anciano, cual era el tema pictórico de su predilección, el que Practicaba con mayor gusto: "Nenúfares... a ser posible",respondió. Revelaba así, con ese tono lacónico y modesto, no sólo la preferencia por un tema, sino algo más profundo y constante, un entendimiento del arte fundado, no sobre principios de novedad o evolución, sino sobre la continuidad y una insistente constancia, sobre una permanencia estructural antepuesta siempre a la infinidad de variantes o cambios que pueda ofrecer el tema elegido. Si recordamos aquí esta conocida anécdota monetiana, es porque el escultor a quien está dedicada esta hermosa exposición es uno de los artistas en los que más pesa esa misma estructura obsesiva en la que la obra se mantiene en estado continuo de "inconclusión convencido de que el género el motivo ofrecen un campo inagotable de significados y búsquedas. La obra de Baltasar Lobo se desenvolvió a lo largo de casi cincuenta años sin apenas variaciones.

Ceñida a un único repertorio "mujeres... a ser posible" cabría repetir- asentada sobre modificaciones infinitesimales, su obra no atraviesa giros de estilo ni padece cambios definitivos, sino que se mantiene firmemente leal a cierta idea que se fragua muy pronto, en los primeros años de París, durante la ocupación alemana. Se trata, por lo demás, de un rasgo inherente a tantos escultores modernos de estirpe artesana, como Brancusi, Giacometti o Moore, que dan a su obra un aire de idea fija, que orienta sus visitas a la tradición y las huidas hacia delante, los momentos de contagio y las insumisiones, los arrepentimientos y las paradas recreadoras. Como le sucedió al viejo Monet con las ninfeas de su jardín de Giverny, Baltasar Lobo miró a las mujeres durante más tiempo y más intensamente que a ninguna otra cosa. Durante los casi cincuenta años que abarca su obra aquí representada, desde su llegada a París en 1939 hasta el fin de sus días, Lobo, incansablemente, fue poblando su mundo de un gineceo de diosas, pensativas, campesinas, bañistas, centauresas, chicas que juegan al fútbol y ciclistas, siempre sensuales e interesantes, bellas y exactas", como dijo su amigo el pintor Caneja, y explorando, a través de sus gestos y sus estados de ánimo, ( el cuerpo femenino, al que convierte en el eje gravitatorio de su imaginación, en un depósito donde volcar energía vital, violencia, libertad, erotismo, ensimisma-miento o melancolía. Con su belleza elegiaca y sus formas generosas, estas mujeres en granazón adoptan todas las variantes imaginables: sentadas y hieráticas, como la (Paysanne assise sur un socle (1942), abstraídas en sus pensamientos, como la Pensive à genoux (1977-1990), recostadas o tendidas en ( el suelo (Sur la plage, 1975-1978) acurruca-das en posturas ovulares, como en Le réve (1989), jugando con su cría, como la Ma te rn iré (1947-1950); coquetas y joviales, como la Femme se coiffant (1970). A veces (Femme débout, mains au dos; Femme mains au dos, figure débout, ambas de 1970), se (presentan frontales erguidas, con una rectitud desnuda, que, a pesar de su verticalidad tectónica, como de mujer-columna, exhiben una relajación sensual y garbosa, una tranquila felicidad, obtenidas por el modo como cruzan las piernas, por la manera en que las caderas aploman el tronco como una ánfora el pecho estrábico se afirma y perfilando una silueta de rotundas curvas.

«CARIATIDE»

Lobo parece querer destacar el modo como un organismo se sostiene a sí mismo y transmite la tensión de la vida, esa cualidad que los griegos llamaban el mamaf a semejanza de la savia interna que recorre un árbol y lo hace crecer. Pero, en él, ese principio adquiere un aire de descaro, un "¡aquí estoy yo!" de inequívoca evocación goyesca, por su falta de afectación y su libertad de maneras.

Con frecuencia -pues fue uno de sus temas secretamente favoritos- esta sensual figura descansa para concentrarse en el aseo cotidiano: el cuerpo reposa sobre las nalgas, el tronco gira suavemente y los brazos se alzan aportando una riqueza plástica. "Es muy hermoso cuando una mujer se peina, no soy yo quien lo ha invitado. En cualquier sitio puede verse a las mujeres peinándose; incluso en el metro". Lobo, que disfrutaba observando a las parisinas en la calle o el metro, donde las veía arreglarse, encontraba en este gesto espontáneo, que delata la soledad inaccesible que acompaña a la coquetona, cierto ser" de lo femenino que le atraía sobremanera. En otros casos, la figura ha quedado reducida a un tronco, una masa respirante y acariciadora, cuya desnudez, sin entretenerse en los accidentes de la carne, alisada en una piel intacta como de nata, formaliza al límite de la anatomía femenina, la modela con una extrema dulzura, en un gusto de la elementalidad en el que el escultor volcó siempre lo mejor de su talento. Y es que Lobo se sentía a sus anchas en este mundo fragmentario de los cuerpos macaba-dos, que él pobló de torsos-islas, de trozos anatómicos, de vientres mutilados, de cuerpos casi. Experimentaba una irrefrenable antipatía por la perfección pretenciosa. Evidentes y simples, con una musicalidad que minimiza la materia y suprime toda descripción, sobresalen los realizados entre 1966 y 1971 (Torse de face, 1967-1968), donde un torso descarnado y simple, sentado formando un ángulo recto, con los hombros rebanados y una espalda rectísima, destaca por su porte elegante y grave, de una soberbia fisicidad. En algún caso (Torse aux ion gues cuisses, 1966), la rotundidad del cuerpo se ve reforzada por la exaltación de unos muslos truncados, como dos grandes huevos de carne, crecidos de manera insospechada e inquietante, con su terminación blanda y a la vez dolorosa.

«JEUNE FILLE, MAINS CROISEES SUR SOCLE»

Dejemos para el final lo más nutrido de esta representación escultórica, las maternidades (Maternité, 1947; Mére er enfant, 1 950,etc.), aunque esta serie fue el primero de los ciclos de su trabajo tras la guerra y en el que aprendió, seguramente, a declinar su pensamiento escultórico. En él, Lobo parte de una arquetipo casi único cuyos infinitos matices explora con una gran inteligencia de la forma, con una imaginación inagotable, variando los detalles anatómicos, las cadencias, la posición de las figuras, su tamaño los grados de la deformación: la figura maternal semirrecostada en una posición inestable y móvil, sostiene en brazos a su criatura infantil; la arrulla, juega con ella, la lanza al aire, la besuquea, repentinamente, la estrecha contra sí. Recrea así un tema clásico, el mito de la Diosa-Madre protectora y nutricia, en una poética de la "eterna inocencia" que convierte a madre e hijo en una metáfora de la regla completa de la existencia, y a través de la cual Lobo funde lo trascendente la vida natural, el mito primordial y la componente animal que vincula a toda hembra con sus crías. Pero lo hace sin renunciar a otros elementos propios de su temperamento artístico, en particular, a un humor de tenue y desenfadado, propio de quien, recién salido de una catástrofe personal y colectiva -la guerra, el exilio, de nuevo la guerra- encara la vida con una mira-da benevolente que, a la vez, revela una forma silenciosa de resistencia.

Contemplada de esta manera, en un recorrido puramente descriptivo, la escultura de Lobo ofrece un repertorio temático sin sorpresas, de irrenunciable sabor clásico: en el arte occidental, la escultura es, por encima de ninguna otra cosa, la mujer Sin embargo, si su obra sigue hablándonos hoy con una frescura y una verdad renovadas, es por que, bajo esa convención, alienta una "palpitación moderna No se trata del desnudo a la antigua, sino de otro enfoque de un viejo tema, que corresponde a un siglo, el XX, en el que la imagen que el artista se hace de su propio cuerpo atraviesa la peor de sus crisis y exige con urgencia una reconstrucción de la anatomía humana, una nueva libertad, una savia distinta que la del destino y autenticidad. Y esta decisión estética exigía, asimismo, la ruptura con el lenguaje del pasado. Lobo, al igual que los escultores que le son contemporáneos como Moore, Giacometti, el propio Brancusi o su amigo Henri Laurens, es consciente de que la legalidad natural de la figura resulta inalcanzable, de que no hay un modelo prefijado ni un principio normativo, y de que esta desorientación, esta feliz "catástrofe debe permanecer inscrita en la obra, asumiendo una estabilidad sólo lograda a duras penas, y decidida a no ocultar la catástrofe mental que ha orientado su gestación. Por ello, lo que estos escultores ponen ante nuestros (105 no son, por tanto, lo que parece en una mirada distraída, es decir, desnudos torsos, bañistas sino "modos de sentir" O, por decirlo en otras palabras, son esculturas.

Hay algo que nos señala este universo, eterno y arcádico de desnudos armoniosos, de amorosas escenas maternales, de felices y perezosas bañistas, antes de alcanzar esa apariencia tan amable, ha atravesado fragmentaciones y desfiguraciones, desmontajes y disimetrías e recomposiciones, anatómicas, torsiones y una tortura de los miembros, en suma, testimonio de un sentimiento moderno de la creación. A semejanza de Matisse, que introduce en sus desnudos esas contorsiones anatómicas tan abruptas como sensuales, tan afines, por lo demás, a A la source (1989); al igual que Modigliani, que reduce sus desnudos a un arabesco elemental, del mismo modo que Picasso, un encarnecido destructor de la integridad corporal femenina, la estabilidad final no logra ocultar del todo la taza del desorden y la incertidumbre, el tormento caótico que ha presidido su gestación. Como ellos, Lobo está dotado de una intuición para la belleza moderna que implica no sólo una nueva manera de representar e 1 desnudo, sino, sobre todo, la prioridad de un principio abstracto: el principio de síntesis, el valor de la elementalidad, la pureza de los valores plásticos. Se aleja, así de todo ilusionismo consolador, y parte de una inteligencia puramente plástica del cuerpo humano. Piensa, por así decirlo, en términos de arte: curvamientos y redondeces, torsiones y óvulos, arabescos. Pertenece, pues, por derecho propio, a esa estirpe de escultores materialistas, confidentes de la naturaleza, decididos a hacer valer un naturalismo de nueva estirpe: nuevos métodos, una mirada personal sobre el mundo exterior, un universo de formas propio, hacen de su obra un caso de modernidad irrenunciable.

Huérfano de todo criterio prescriptivo, el escultor se vuelve, a cambio, totalmente libre. De manera que todas esas suaves y elegantes deformaciones físicas ejercidas sobre las proporciones responden a la vitalidad germinal de la naturaleza y, en último término, a un requerimiento de libertad. Esta palabra, tan sensible a los abusos retóricos, es, con toda la frescura que quepa suponer, uno de los centros de sensibilidad de Lobo. En primer lugar, porque, a su juicio, el canon clásico era una ley coercitiva y cruel, que
había encorsetado a la escultura durante siglos anegándola en sentimentalismo o, peor aún, en esa frialdad canoviana que Brandi llamó el frigorífico clásico. Pero en su voluntad de devolver al arte esta libertad asfixiada por una tradición milenaria, no hay violencia, ni empeoramiento grotesco, ni artificios contra natura, sino que cuerpos mutilados, torsiones, trozos de miembros, rostros sin facciones o agrupamientos musculares imprevistos son el estado "más humano" del cuerpo, como si Lobo lo hubiese plasmado en un estado libre del corsé de las reglas o de cualquier otra coacción, como dejándose modelar por sus instintos vitales, abriendo camino a la expansión de su propia savia.

Pero no se trata sólo de una cuestión estilística, ni de una inconcreta predilección formal. Ray razones de índole más personal que explican ese culto de la libertad, estrecha-mente relacionadas con su experiencia vital. Pues, aunque, a primera vista, sus desnudos y bañistas, sus diosas y sus maternidades presentan como un "oasis de pureza" -memoriales e históricos, ajenos a toda sospecha de violencia-, conociendo su biografía y su temperamento, cabe entrever otro sentido: el persistente pero silencioso recuerdo del sufrimiento de la guerra, cuyo sórdido laberinto subyace en la desesperanza y melancolía de sus pensativas y contemplativas, como si el ensimismamiento que las ensombrece respondiese al ansia de volver la espalda a la guerra y de entretenerse por un momento en el abismo de su mundo interior Esta será una constante de la obra de Lobo que parece revelarnos un incurable deseo de evasión, como si el escultor se hubiese entregado tan a conciencia a su oficio como una forma de eludir la latencia de la muerte, esa sombra que le acompañó durante años y le causó tantos insomnios. Y es que la escultura era para él una negación de los egoísmos huma-nos, una pasión que le liberaba de la opresión de lo real, de un destino de indigencia moral; un medio, en realidad, de celebrar, en el plano imaginario, la idea de la libertad.

María Bolaños

   

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