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Exposición

LLORENS ARTIGAS Y RAOUL DUFY
Divergencias y encuentros

No son muchas las ocasiones de poder contemplar obras de Josep Llorens Artigas, y menos aún de Raoul Dufy. Son, ambos, figuras relevantes del arte en la primera mitad del siglo y resulta especialmente oportuno volver a ellos cuando el siglo acaba. Artigas y Dufy aparecen enmarcados en una etapa histórica muy rica que, al filo del 2000, nos resulta ya lejana. No es algo caprichoso, ni mero recurso expositivo, presentarlos unidos: con el testimonio de su amistad nos dejaron una serie de obras realizadas en colaboración. Sus "jardines de salón", en los que intervino también el arquitecto Nicolau M. Rubió i Tudurí, integran artes distintas y poseen una gracia especial. Tirando de este hilo surge entera ante nosotros aquella época, la misma que vemos coloreada con el sepia de las fotografías o el coloreado a mano de las postales y que es movida por el ritmo entrecortado del cine rancio.

Se trata de dos artistas que operaron en campos muy diferentes: la cerámica Llorens Artigas y la pintura Dufy. En uno y otro percibimos la joie de vivre. Padecieron, sin duda, problemas y angustias vitales y artísticas, pero sus obras respectivas se caracterizan por una alegría limpia, lo que parece gozo en la manera de enfrentarse al hecho de vivir y el de crear.

JOSEP LLORENS-ARTIGAS
«Jarro»

Tras advertir esa trama que les une hemos de pasar a contemplar sus obras separadamente. La primera y también la última sensación que despierta Llorens Artigas es de sencillez y naturalidad. En su vida y en su cerámica todo parecía ocurrir como si él no lo pretendiera. Y esa sencillez fue en sus comienzos, como podría serlo ahora, revolucionaria. Su gran aportación —lo hemos repetido todos mucho— consistió en despojar la cubierta de los vasos de toda decoración. De manera maestra, con extraordinaria calidad. Hasta entonces, la cerámica mantenía cierta decoración, que se había ido reduciendo, de relieves e incisiones, y en ella sobresalían Delaherche, Decoeur y los Massoul. Artigas, continuando con el material y la técnica propias del gres, lleva a cabo la transformación, en momentos en que otras artes —la pintura y la escultura, tras el cubismo; la arquitectura y el diseño, recordemos el grito de Adolf Loos: "La decoración es delito"— se lanzaban a una vanguardista búsqueda de la estructura y de la pureza de la línea, el plano y el color.

Se había formado en la Barcelona inquieta de comienzos de siglo, justamente cuando la estética giraba de la forma y la decoración recargadas de fin de siglo a la que, en Cataluña, se concretaría, con variantes más o menos próximas o lejanas, en el Noucentisme impulsado por Eugenio d'Ors. A su paso por el Círculo Artístico de Sant Lluc conoce a Joan Miró, con el que mantendrá gran amistad a lo largo de su vida y con quien realizará más tarde, en la doble posguerra, española y mundial, vasos, esculturas, formas escultóricas y grandes murales.

Llorens Artigas importa tanto por las obras que realizó con otros artistas —sobre todo Miró, Dufy y Albert Marquet-, como por sus vasos. Sus formas surgidas del torno tienen la depurada belleza que apreciamos en los antiguos maestros de la dinastía china Song o en los ceramistas actuales japoneses, entre los cuales Llorens Artigas alcanzó el más alto reconocimiento. Podemos decir que, con Shoji Hamada y el inglés Bernard Leach, la otra gran figura del segundo tercio de siglo es Llorens Artigas. A su regreso a España en 1941, tras larga estancia en París, se convertirá en el maestro de la siguiente generación de ceramistas españoles. Las formas simples, la ausencia de decoración de los esmaltes, su mayor empeño, caracterizarán nuestra cerámica durante varias décadas. Todo ello incita a volver con frecuencia a su arte y justifica sobradamente esta exposición y la hace oportuna en momentos de revisiones propias de un fin de siglo, en tiempo además de crisis de lo que se entendía por modernidad.

RAOUL DUFY
«Les Canotiers»

El caso de: Raoul Dufy es diferente en diversos aspectos. Su arte nos transmite un aroma y un ritmo íntimamente vinculados a su época, dotados de gracia. Aunque busque cierta sencillez, al contrario de Artigas no busca la desnudez de forma y color. El dibujo ondula, se curva hasta rizarse, mientras el color salpica y mancha gozosamente el lienzo o el papel. No encontraremos aquí dramatismo alguno. Si, en Artigas, el rigor formal cromático era, en cierto sentido, radical, aunque se conjugase con una sensualidad suave y una necesidad de armonía, en Dufy, la línea y el color están directamente impulsados por una sensualidad voluptuosa que huye de todo lo que trate de ceñirla. Los momentos que evoca son los de una vida que bulle. Hay aquí acción, un movimiento gustado con ánimo placentero y desenfadado. El realismo queda lejos. Las figuras son generalmente como esbozadas. El trazo y la mancha de color crean un conjunto festivo. Lo que se celebra es el hecho mismo de vivir.

La libertad con que se producía el arte de Dufy lo hacía especialmente apto para las realizaciones sobre papel. Además de sus cuadros al óleo, en los que se conseguía también ligereza y fluidez, cuenta mucho en su producción la acuarela, donde su gusto por la espontaneidad encontraba espacio apropiado. Junto a su afán de libertad y espontaneidad existe una voluntad constructiva. El cubismo hemos de valorarlo, no sólo por sus efectos inmediatos y estrictos, sino también por consecuencias más amplias. Todo el arte posterior a su aparición proviene en mayor o menor medida de él o en contra de él. En numerosos casos, las dos posibilidades se dan en una misma obra, y Raoul Dufy es buen ejemplo de ello. En el siglo que acaba, y salvo algunos artistas que han abierto o marcado las grandes líneas, y que por este mismo hecho han puesto en ello un rigor extremadamente radical, cada creador ha llevado a cabo una síntesis personal de la doble vía que ha recorrido el siglo XX: la constructiva que subraya lo estructural —que puede llevar por último al vacío— y la expresiva. En ésta se pueden mezclar tendencias, inclinaciones muy diversas, desde la extrema del máximo impresionismo y, en otro sentido, del surrealismo, hasta la destructivo o purgativa del dadaísmo, a otras más atemperadas como el fauvismo, en el que se encauzó básicamente la obra de Dufy.

Tan próximos como —en el terreno de la amistad y, en ciertos niveles, del arte— encontramos a Llorens Artigas y Raoul Dufy, si ahondamos en sus realizaciones respectivas encontramos divergencias y hasta oposiciones esenciales. Por encima de todo les une la aceptación de la realidad. Su arte desea enmarcarse en ella, en el mundo, y continuarlo, oponiéndosele sólo en el sentido en que lo hacen siempre arte y vida. En los años veinte, en que alcanzó momentos culminantes, Europa trataba de recuperarse de las heridas de la primera gran guerra, que había destrozado la pax europea que siguió a la guerra francoprusiana. Hoy, con la distancia, aquellos años veinte los vemos con los deseos fervientes de vivir gozosamente que refleja de manera explícita Dufy y anima secretamente la cerámica de Artigas, y, al mismo tiempo, descubrimos las amenazas que se incubaban y que estallarían en 1936 y en 1939. Dos artes, distintos, en parte opuestos y a un tiempo entrelazados, que dan pie a muchas disquisiciones. Pero lo que importa es la pura contemplación. En ese momento, todo lo otro queda ya fuera de lugar.

JOSÉ CORREDOR - MATHEOS

   

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