Leandro e Iñigo Navarro en su Galería  

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Acerca de Leandro Navarro

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GLOSAS HERNANDIANAS


"Confieso que siempre he entendido(...) que la pintura es silencio". J.H.

Tierra de nadie, tierra baldía, sombríos y despojados espacios de silencio: los cuadros más recientes de José Hemández, que ahora va a exponer Leandro Navarro, se me aparecen como territorios últimos. Dos de ellos, especialmente, dos arquitecturas elementales, las versiones tercera y cuarta de Histórica (1999), con inscripciones en árabe, retienen poderosamente mi atención, en esa perspectiva.
Sin duda debido a las inscripciones en árabe, estos dos cuadros-límite, estos dos escenarios vacíos, se me aparecen como una invitación a bucear en el territorio de la infan- cia y adolescencia del artista, ese Tánger siempre fascinante al que por mí parte sólo el año pasado me he asomado. "Me nacieron el 5 de enero de 1944 en Tánger, cuando la ciu- dad aún se consideraba zona internacional", empieza una curiosa "Nota biográfica" redac- tada a finales de los años setenta por el propio pintor.
Cuando ese reciente viaje tangerino al que acabo de aludir, uno de los primeros sitios hacia el que dirigí mis pasos, fue la Librairie des Colonnes. Siempre me había llamado la atención su nombre, leído en tex tos sobre José Hemández, que ahí celebró, en 1962 su primera individual. Siempre me había gustado que ahí hubiera empezado la hoy larga lista de sus individuales. Siempre me había imaginado el establecimiento como un lugar prestigioso, y chiriquianamente metafísico. Ubicada en el Boulevard Pasteur, en los bajos del más emblemático de los edificios tardorracionalistas de Samuel Toledano, un edificio que a una escala más reducida podría recordar nuestro Capitol, la librería real, al menos la librería real de 1999, no estuvo a la altura de lo que me había imaginado. Ante ella, no obstante, tuve un recuerdo para el pintor, como ante el Mauritania y otros cines del mismo barrio tuve otro para el dibujante francés Pierre Le-Tan, gran enamorado del hoy fantasmagórico Tánger colonial de los años cuarenta y cincuenta.
Dan Harlap, en el texto, tan breve como intenso, con que se abre la monografía de Ediciones BRINDIS 1991, obra de referencia básica, cuyo grueso fue redactado por José Corredor Matheos, se remonta a aquel Tánger. A una acuarela, más concretamente, de José Hemández, del José Hemández de 1960, sobre la Calle del Cementerio, cuya tapia desnuda vela desde sus ventanas. La muerte, siempre presente, desde ese principio, en esta obra, muchas de cuyas piezas clave merecerían incorporarse a una hipotética edición ampliada de ese libro único que es La muerte en la pintura española de Manuel Sánchez Camargo, crítico de quién hablaba hace poco, a la sombra de un excepcional conjunto de cuadros de José Gutiérrez Solana, precisamente con el galerista que ahora expone a José Hemández.

«FLOR DE DESIERTO II»


Emilio Sanz de Soto. "Nota biográfica", de nuevo, de José Hernández; "Sin su magisterio -y subrayo la palabra- nunca hubiese llegado a autodescubrirme como pintor". ¿Por qué no escribirá sus memorias este escritor tangerino sin libros, y apenas conocido sino de un puñado de lectores? Todo lo que he leído de él, ya sea sobre Paul Bowles, sobre el escenógrafo Vitin, Cortezo, sobre Angel Vázquez y La vida perra de Juanita Narboni sobre Antonio Fuentes o sobre el propio José Hemández, es de unas muy especiales vivacidad y lucidez, y permite abordar muy bien el universo tangerino, complejo donde los haya.
Gracias a Emilio Sanz de Soto, el entonces jovencisimo José Hemández, que leía a Michel Tapié, el teórico del art autre, y pintaba Alcazabas y muros tapiescos o dubuffelianos con grafritis, se introdujo en un cierto Tánger cosmopolita. Mucho aprendió, en la Librairie des Colonnes, en el Café de París o en la Hafa o en el Claridge, de Paul Bowles y su esposa Jane, y también de Truman Capote, Alen Ginsberg, William Burroughs, Jack Kerouac, Gregory Corso, Brion Gysin, Julio Ramis, Antonio Fuentes, Angel Vázquez, Francis Bacon, espontáneo visitante este último de su individual de la Librairie des Colonnes... También de alguien de perfil más borroso, el poeta norteamericano -de vida errante- Edouard Roditi, uno de los pocos que tuvo la, audacia, y la vista, de entrevistar en su estudio a Giorgio Morandi, y del que nuestro pintor ilustró con dos aguafuertes el libro The Templations of a Saint (1979)...
Huellas de Tánger, en la obra no-tangerina de José Hernández. Hoy mismo, en cuadros-limites como los dos que he mencionado al comienzo de estas líneas, o en las melan- cólicas Flores de desierto. Más atrás en el tiempo, en muchas de sus visiones urbanas. 0 en ese carguero presente al margen de Regresión tolerada mal (1982). 0 en un aguafuerte exento y misterioso, Asilah (1980), realizado para el Festival de las Artes de esa ciudad próxima a la suya natal. De Tánger le viene, eso está meridianamente claro, la fascinación por cierto tipo de arquitecturas, muy presentes en su obral de madurez. "Nota biográfica, una vez más: Hebreos sefarditas y españoles, escribe, "habían deshecho a través del tiempo la armónica arquitectura árabe imaginando un conglomerado barroco -no puedo por menos hoy de pensar en el Golem- de pequeñas habitaciones, mal iluminadas, las unas sobre las otras, unidas por diminutas escaleras".
Madrid, 1964. Muy expresiva la fotografía en blanco y negro en la que, se ve a un todavía jovencísimo José Hemández, recién emigrado a la capital, en la terraza de su estudio, junto a un gran telón para una representación, en el Teatro Goya, de Sonata de espectros, de August Strindberg, su primer trabajo en el campo escenográfico. Dos años faltaban todavía para su primera individual madrileña, celebrada en una galería tan pujante entonces como Edurne, la Edume de la calle Villanueva, muy cerca de Juana Mordó, y donde también daba sus primeros pasos otro neo-figurativo llamado Luis Gordillo. José María Moreno Galván, entonces muy influyente a través de su tribuna de Triunfo, sería su introductor, en el catálogo. Además del crítico sevillano, colegas como José Paredes Jardiel, Manolo Millares, Antonio Saura o Pablo Runyan figuraron entre sus primeras amistades peninsulares.

«ORO»


Ruinas, sonata o galería de espectros, caballeros insepultos y del eterno retorno, visiones a lo El Bosco o a lo Brueghel o a lo Monsú Desiderio, vanitas y finis gloriae mundi, podredumbre y huesos a lo Valdés Leal -y también a lo Manolo Millares, con el que comparte la obsesión por los males de la historia patria-, bodegones a lo Sánchez Cotán, sueños goyescos de la razón que produce monstruos, magia de lo cotidiano por el lado de Kafka, cuya Metamorfosis ha ilustrado inmejorablemente, viajes por parajes literarios a lo Poe o a lo Rimbaud o a lo Lautréamont o a lo Lovecraft o a lo Gustav Meyrink o a lo Alfred Kubin- recuerdo su entusiasmo ante el hecho de que expusiéramos en el IVAM, no hace mucho, la obra del narrador y pintor austríaco-, seducción borgiana de los bestiarios y de los laberintos... Todo esto, como background de la obra de José Hernández, dos de cuyos dibujos - Espectro del miedo (1976) y Retrato II (1079)- fueron incluidos por Antonio Saura, en 1996, en su exposición zaragozano Después de Goya: Una mirada subjetiva.
José Hernández, y el surrealismo. Aunque no sea propiamente dicho un surrealista, y aunque, solitario por antonomasia, Experto en soledades (1988), haya rehuido siempre como de la peste de cualquier encuadramiento de cualquier género, lo cierto es que muchas de sus frecuentaciones -Tomás Seral, prologuista del catálogo de su individual de 1971 en lolas-Velasco, Eduardo y Maud Westerdahl, André Coyné, Eugenio Femández Granell..., lecturas, encargos de ilustración -pensemos en su colaboración con las publicaciones buñuelescas aragonesas-, remiten una y otra vez a la estela del movi- miento fundado por André Breton. Movimiento con el que, por lo demás, comparte el interés por el mundo del collage -existe un pequeño volumen que recoge unos cuantos de los suyos, muy explícitamente ernstianos- y una cierta voluntad de fusión entre los reinos de la naturaleza, fusión que apreciamos en ciertas pinturas de Max Ernst o André Masson o Yves Tanguy, o en las esculturas vallecanas de Alberto, y de la que aquí mismo nos hablan el diminuto -24xl9 centímetros- y a la vez monumental Arbol insecto III (1996), o un díptico de título tan significativo como Muro fósil (1999).
El amateur de estampas, Elogio del grabado calcográfico. La exposición documentada por el presente catálogo es únicamente de lienzos y papeles, pero, no quiero, dejar pasar la ocasión para subrayar que además de uno de los pintores españoles más importantes y a la vez más secretos de nuestro tiempo, José Hemández es un grabador excepcional. Lo es en sus libros, de entre los que por mi parte destacaría Bacanal (1975), sobre poemas de juventud de Luis Buñuel; Une saison en enfer (1981), a partir de Rimbaud; Discurso cárdeno (1982), con su impresionante imagen final de una bandera imperial de Carlos V, al viento, ajada y deshilachada; Miserere (1984), a partir de Gustavo Adolfo Bécquer; y la que a mi modo de ver es su obra maestra en este campo, Pedro Páramo (1992), a partir del célebre relato de Juan Rulfo. También en sus obras exentas -entre las más recientes, me atraen especialmente dos dípticos, Angel caído, (1994), y Pórtico 11 (1995)-, y en sus minia- turas, entre las que brillan sus ya numerosos ex libris de poetas e historiadores amigos. De la imbricación de grabado y pintura habla muy pertinentemente el propio artista, en 1989, en su discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando "nótese que cuando digo pintura digo también grabado, por ser estas dos actividades, en mi caso, inseparables y, por inseparables, complementarias".
Banderas y brocados ajados. Sonata de espectros. Figuras de la sombra. Tierra baldía. Flores de desierto. Las dos versiones de La voz del acantilado (1996), las tres de Luna plana (1998), y sobre todo las cuatro de Histórica (19.99) arquitectura elementales, con inscripciones borrosas, dando a la nada, dos de las cuales he mencionado al comienzo de estas líneas; tras ver estos sombríos, despojados y magníficos cuadros del José Hemández de finales de los años noventa, anunciados por alguno de finales de los ochenta -por ejemplo: Paisaje I (1987), Paisaje II (1988) 0 Paisaje III (1989)-, tras varios casi pienso, qué extraño, no en ninguno de los pintores que habitualmente tendemos a emparentar con éste, sino en el terrible Rothko final.

 

Juan Manuel Bonet

 

   
   

© LEANDRO NAVARRO, 2006