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Exposición

LUIS MARSANS

LAS HUELLAS DEL TIEMPO

En el séptimo y último volumen de A la recherche du temps perdu, el titulado Le temps retrouvé, sitúa Marcel Proust su visita como invitado a una velada musical en la mansión de los Guermantes. Al llegar retrasado, un sirviente le introduce en la biblioteca de la casa, donde ha de esperar a que termine la primera parte del concierto. Como todo lector ferviente de esta obra maestra sabe, es allí, mientras aguarda, degustando una taza de té, ser introducido, cuando Proust inicia una vasta y profunda meditación sobre su novela, la literatura el arte en general. El desencadenante de la misma es el hallazgo de un libro, Francois le Champi, de George Sand, que ha extraído al azar de los anaqueles de esta bien provista, biblioteca ducal, cuyas excelencias, según Proust, habían ponderado unos expertos como los hermanos Goncourt. En un momen­to determinado, Proust se reconoce él mismo deslumbrado por la rareza y la calidad de las ediciones allí atesoradas, aunque también afirma que él, si bien dotado del refinamiento preciso para apreciar la calidad mateñal de los libros, no se considera poseído por la pasión de los bibliófilos, sino por el poder evocativo de la huella íntima que le dejaron cuando los leyó por primera vez. En todo caso, la sugestión que ejercen las bibliotecas es de muy diversa índole, pero, sea cual sea la perspectiva con que apasionadamente se aborda el espectáculo de un mueble repleto de libros, el tema de este encuentro, de Mallarmé a Borges y Canetti, ha inspirado muchas obras de arte.

Este es el caso del pintor Luis Marsans, que ha pintado, casi con técnica de trampantojo, alineaciones de libros en un anaquel, lo cual no justifica por sí mismo el párrafo de introducción anterior. Su razón de ser es debida a que las bibliotecas pintadas por Marsans revelan una pasión personal, que encaja con la peculiaridad de su mundo íntimo, el cual, como el de Proust, se enciende evocativamente con la conciencia del tiempo. En este sentido, da igual cuál sea el detonante de la inspiración, el de la visión de los lomos de los libros en una estantería, de una naturaleza muerta, de un viejo jardín o de la fachada desgastada de un edificio, todos son motivos en los que la materia muestra las huellas de la memoria y la personal nostalgia que provoca.

Luego también está la cuestión de cómo el arte nos saca de nosotros mismos y, sobre todo, de nuestra actualidad, o, según el propio Proust, cómo "gracias al arte, en vez de ver un solo mundo, el nuestro lo vemos multipli­carse, y tenemos a nuestra disposición tantos mundos como artistas originales hay, unos mundos más diferentes unos de otros que los que giran en el infinito y, muchos siglos después de haberse apagado la lumbre de que procedía, llamárase Rembrandt o Vermeer, nos envía aún su rayo especial". En el caso de Marsans pintor, como en el del escritor francés, esta capacidad de viajar por los infinitos mundos del tiempo, no sólo le ha permitido actualizar el propio universo y la época proustianos , sino usar con maestría, como éste, la técnica moderna del pastiche. Esto se aprecía, sobre todo, en los dibujos de Marsans, en los que, al margen de su excelente y refinadísima técnica, nos encontramos con evocaciones de los extraor­dinarios maestros del fin del siglo XIX, como Forain, Toulouse-Lautrec, Beardsley, pero también, dato biográficamente muy importante, de algunos grandes pintores catalanes, contemporáneos de aquellos, como Casas, Rusiñol, Anglada y el primer Picasso.

Pero ¿acaso estos datos nos anuncian que Luis Marsans es un pintor simplemente fascinado por una bella época pasada, que luego él trata de anacrónicamente represen­tar?

Sur le piano
«SUR LE PIANO»

Más aún: ¿no es ya de por sí anacrónico pintar hoy al estilo "realista" y, encima, dotar con resonancias literarias este inventario visual del pasado? Dentro del insoportable mundo de las etiquetas artísticas, no creo que ninguna lo sea tanto como la del realismo aplicada a cualquier época del arte occiden­tal, pero, principalmente, al de nuestra época. En relación con el uso del término realista aplicado al arte tradicional, ya Lionello Ventun escribió sobre la inutilidad de emplear dicha categoría en Occidente sin inmediatamente añadir la calificación complementaria que explica su genuino sentido. Pues bien, dentro del arte de nuestra época, y, en especial, a partir del XX, el abuso y la confusión cuando se tilda a un artista de realista llega al paroxismo. No hace falta, sin embargo, meterse en el fondo polémico de la cuestión, porque nos basta con observar los entresijos de la obra de Luis Marsans para comprender el despropósito y la frivolidad -en última instancia, la simpleza- con que se suele manejar el calificativo de "realista". No me refiero al hecho palpable de que, desde un punto de vista técnico, se puedan reconocer todas las "distorsiones" visuales que ha aportado el mundo moderno en la obra de Luis Marsans, la de los holandeses de la segunda mitad del XVII, de los franceses del XVIII o del XIX, asi como la concision dramáticamente afilada de la Escuela Española, sino las de la fotografía, el hiperre­alismo, etc. del XX, además de las otras fuentes ya apuntadas del sutil trazo de los grandes maestros de fines del siglo XIX. Todo esto apunta a que la creación contem­poránea, la de una cultura secularizada, se nutre en el lecho temporal de la Historia, a partir de la cual cada artista habrá de hacer su propia collage, reencontrar su tiempo y su tempo personales. No es, por tanto, la descripción prolija de las cosas lo que hace a un artista "realista", sino la captación de su esencia temporal, la visión animada -dramática- de lo inerte. O como, de nuevo, afirma Proust: "Es esa esencia lo que el arte digno de ese nombre debe expresar, y, si fracasa en el propósito, todavía se puede sacar de su impo­tencia una enseñanza...: que esa esencia es en parte subjetiva e incomunicable".
«BIBLIOTECA»

En este sentido, me asombra que no se haNe más del peculiar mundo que trasluce la pintura de Luis Marsans, que tan vivamente apela a la conciencia temporal de las cosas, o, si se quiere, a lo que éstas tienen de objetos hollados, signados por las huellas del tiempo; pero aún me asombra más, si cabe, el que no se aprecia la "trama" de su visión reticulada. Quiero decir que las bibliotecas pintadas por Luis Marsans están dominadas por una sucesión rítmica de líneas verticales y horizontales entrecruzadas, siguiendo de esta manera un orden geométrico ortogonal, y que este mismo régimen se aprecia en su modo de representar las fachadas. Este modo de mirar -ordenar- la realidad también es percibible en otros temas característicos suyos, como el de la fachada de un edificio, que es contiguo a una pared medianera, o los de un muro que cierra un jardín y que es entrevisto tras la alineación arbolada de una calle. A partir de estos casos, quizá se nos revele mejor la dicotomía presente en sus obras entre lo geométrico y lo orgánico. Desde este punto de vista, lo que el anaquel rectangular tiene de caja geométrica, que, a su vez, fuerza el orden impuesto a la sucesión de libros que allí se embuten, contrasta con las pieles de las encuadernaciones y el papel, asi como con la caótica vistosidad de sus colores. Diseño y color, orden y sensaciones, abstracción y mateña, pensamiento y memoria. Todo eso está ahí, aunque claro, sea más obvio, cuando Marsans construye una fachada, por así decirlo, como un Mondrian, y, luego, dramá­ticamente, la avecina con una de esas paredes medianeras de delicados tonos versicolores, cuya frangancia nos hace pensar en una acuarela informalista de resonancia oriental. Se comprende que podríamos seguir desgranando este riquísimo y sutil juego de contrastes que se enhebran en los cuadros de Marsans, aunque lo importante, desde mi punto de vista, no es hacer aquí su inventario, sino subrayar su importante presencia. También cabría demorarse en el comentario sobre los intencionados objetos que pueblan sus elocuentes visiones, donde se percibe la presencia humana a través de su ausencia, como, por ejemplo, en sus naturalezas muertas, poNadas de muy diversos artilugios temporales, incluidos los que se refieren a ese arte temporal por excelencia que es la música, esa música que es, a la vez, matemática y sonido.

Como vemos, incluso a través de una muy sumaria colección de sugerencias, el realismo de Luis Marsans no es una reproducción de lo que vemos, sino su re-presentación, la presentación subrayada de una vivencia, lo más rico y complejo que cabe cuando alguien, un verdadero artista, dialoga con lo real. Así, las líneas materiales que vemos en el cuadro resulta que se expanden infinita­mente en todas las direcciones. ¿Cómo enton­ces no iba a ser la actividad pictórica un auténtico drama, una hermosa fuga del tiempo a través del espacio? Y llamar a eso belleza, ¿acaso no es sino porque nos suscita una inesperada emoción? La vida de Luis Marsans ha estado vinculada con este empeño de sacar, hacer visible, esa inagotable y prodigiosa sustancia que nutre lo real.

Francisco Calvo Serraller.

   

© LEANDRO NAVARRO, 2006